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lunes, 17 de noviembre de 2014

17 Noviembre 1843 se inaugura oficialmente el Monumento a Felipe IV frente al Palacio Real

El Monumento a Felipe IV fue levantado a instancias de la reina Isabel II en la primera mitad del siglo XIX, si bien su pieza más relevante, la estatua ecuestre del rey Felipe IV, data del siglo XVII.



Ésta se debe al escultor Pietro Tacca, quien la realizó en Italia utilizando un diseño de Velázquez y con el asesoramiento científico de Galileo Galilei para asegurar su estabilidad. Contó también con la colaboración del escultor Juan Martínez Montañés, autor del busto del monarca que, al igual que el diseño de Velázquez, se envió de Madrid a Florencia.



Se trata de una obra maestra de la estatuaria ecuestre, no sólo por su calidad artística, sino también por sus características técnicas. Es la primera escultura a caballo del mundo en la que éste se sostiene únicamente sobre sus dos patas traseras, y discretamente también sobre su cola. La obra consigue su difícil equilibrio gracias a un calculado estudio de los puntos de apoyo y la distribución de los pesos.



El conjunto se completa con un pedestal, adornado con diferentes grupos escultóricos, y dos fuentes, elementos de menor interés artístico. Fueron realizados en el siglo XIX, dentro del contexto de las obras de construcción de la Plaza de Oriente.




El monumento fue inaugurado oficialmente el 17 de noviembre de 1843, un año antes de que Narciso Pascual y Colomer diseñara el trazado definitivo de la plaza, cuyo contorno fue articulándose a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX.

Plaza de Oriente en 1853

Descripción Histórica

Felipe IV (1605-1665), Rey de España entre 1621 y 1665, hijo de Felipe III y Mariana de Austria; se casó con Isabel de Borbón, hija de Enrique IV de Francia, y más tarde con su sobrina Mariana de Austria, de quien nacería Carlos II, aunque tuvo otros hijos naturales, como Juan José de Austria, nacido de su relación con la actriz apodada “La Calderona”. 

Retrato de Felipe IV por Velázquez. 1656

Durante su reinado pretendió devolver a la monarquía la reputación perdida y restaurar su poder junto a su valido el Conde-Duque de Olivares. También él, como sus predecesores en el trono, quiso ser inmortalizado mediante un retrato especial a caballo, que la corte ya había contemplado en la figura de su padre Felipe III –primero en la Casa de Campo y finalmente en la Plaza Mayor–; y este anhelo dotaría a España de uno de los modelos más admirados de la historia de la escultura, convirtiéndose –como en su momento la de Marco Aurelio o las de los “condottieri” Gatamelatta y Coleone, realizadas respectivamente por Donatello y Verrocchio– en un referente clásico del retrato ecuestre cuyo éxito fue inmediatamente seguido por otros escultores para glorificación de sus monarcas, cruzando incluso el mar para exaltar las glorias de los héroes americanos hasta nuestros días.

Gaspar de Guzmán. Conde-Duque de Olivares

En 1634, el conde–duque de Olivares solicitó a Sorano, embajador en Madrid del Gran Duque de Toscana Fernando II, el regalo de una estatua ecuestre del Rey para instalarla en los jardines del palacio del Buen Retiro, que se inspiraría en un retrato –hoy perdido– pintado hacia 1628 por Pedro Pablo Rubens, y que sólo conocemos por una copia anónima –con la cabeza repintada por Velázquez– que se conserva en la florentina Galleria degli Uffizi, donde vemos al rey montando un caballo en corveta, esto es, apoyado en las patas traseras con las manos levantadas, que muestra grandes similitudes con la escultura finalmente realizada. 

Palacio del Buen Retiro con la escultura de Felipe IV

La obra se encargó al escultor toscano –de Carrara Pietro Tacca (1557-1640), quien, para poder ejecutarla, solicitó en verano de 1635 que se le enviase un segundo retrato del monarca con los diseños del traje y armadura, que fue despachado rápidamente desde Madrid y que algunos autores identifican con la copia del retrato ecuestre ejecutado por el sevillano Diego de Silva Velázquez (1599–1660) para el Salón de Reinos ese mismo año, que se conserva en la galería del Palazzo Pitti de Florencia y que perteneció a la hija de Tacca; complementándose el envío con un busto expresamente realizado para este fin por el escultor –jienense de Alcalá la Real, pero afincado en Sevilla– Juan Martínez Montañés (1568–1649), que fue llamado a la capital probablemente por intermediación del propio Velázquez, que lo retrató en el momento de modelarlo. Sin embargo, la primera maqueta a tamaño natural de la escultura escuestre presentada por Tacca en otoño de 1636, todavía seguía el diseño de la de Felipe III –con el caballo al paso–, que él mismo había realizado entre 1606 y 1611. 

Martínez Montañés diseñando el boceto de Felipe IV

Pero Olivares insistió en su instrucción primera, por lo que Tacca emprendió la realización de un nuevo boceto con el caballo levantado, para el que –según Baldinucci– contó con la colaboración del físico Galileo Galilei, que se encargaría de resolver el delicado estudio de contrapesos que harían posible el difícil equilibrio de la figura, y que estaba ya terminado en septiembre de 1637, realizándose la fundición del caballo en marzo de 1639; aunque poco antes, el 10 de diciembre de 1638, la Corte española fue informada de que para modelar la cabeza el escultor solicitaba el envío de un nuevo retrato del rey, pero esta vez descubierto, que fue ejecutado por Velázquez y entregado en Florencia el 27 de enero de 1640. 

Galileo Galilei por Justus Sustermans en 1636

La escultura terminada salió hacia el puerto de Livorno el 26 de septiembre de 1640, un mes justo antes de la muerte de Tacca, siendo desembarcada en Cartagena en marzo de 1641 por el hijo y ayudante del artífice, el también escultor Ferdinando Tacca (1619–1686), que venía acompañándola para reparar los daños que pudiese sufrir en el traslado y ayudar al montaje en Madrid, aunque por la falta de liquidez de la Corona española –que no podía afrontar ni los gastos del transporte–, hasta el 10 de junio de 1642 no llegó a la capital. 
Por desgracia, y a pesar de las precauciones tomadas, la falta de parecido del retratado obligó a que Ferdinando tuviese que remodelar la cabeza realizada por su padre bajo la atenta supervisión del príncipe Baltasar Carlos, que visitó su taller y dio su aprobación; siendo erigida por fin en su definitivo emplazamiento sobre un sencillo pedestal frente al Jardín de la Reina el 29 de octubre de 1642, poniendo en venta la producción de frutas y verduras de las huertas del Retiro para sufragar los gastos. 

Plaza de Oriente en 1820

Tras la muerte de Felipe IV y durante la minoría de edad de Carlos II, ostentó la regencia su madre, Mariana de Austria, que asesorada por su consejero Fernando de Valenzuela y para reafirmar la continuidad dinástica, encargó en 1675 al nuevo maestro mayor de las obras reales José del Olmo, encargado de terminar la fachada sur del antiguo Álcazar, que subiera la escultura de Tacca a lo alto de la misma para coronar el frontispicio sobre la puerta principal, donde permaneció hasta que el 2 de abril de 1677 –tras la caída en desgracia de Valenzuela y Del Olmo, la retirada a Toledo de la reina, y el ascenso de Juan José de Austria– Carlos II decidió devolverla a su emplazamiento original.

Aprovechando para bajarla el mismo andamio utilizado para subirla, que se volvió a instalar bajo la dirección del aparejador primero Bartolomé Hurtado, aunque el fuerte viento retrasó el final del montaje hasta el 19 de mayo de 1577, bajándose al día siguiente la figura del rey y la silla “en tres piezas” que se introdujeron por una ventana en el palacio, donde permanecieron hasta el 24 de mayo, cuando amainó el viento y se pudo proceder al descenso del caballo, que se llevó al Retiro ese mismo día, sacándose los ”barrotes de yerro” que se utilizaron para afianzar las maromas de los tornos empleados, “con tanto cuydado y especialmente los dos de la barriga, que apenas se conoce, y en poniéndole la silla no se percibirá diferencia alguna”. 

Este hecho, junto al descontento del pueblo dio lugar a unos pasquines que decían: 

“¿A que vino el Señor Don Juan? / A bajar el caballo y subir el pan”; 
“Pan y carne, a quince y once / como fue el año pasado / 
Con que nada se ha bajado / sino el caballo de bronce”. 


Juan de Austria, atribuido a Pantoja de la Cruz

Con el tiempo el jardín de la reina terminó conociéndose también como “del cavallo de bronze”, pues la estatua permaneció en el mismo lugar hasta que reinando ya Isabel II se trasladó –en sólo tres horas– a su actual ubicación de la Plaza de Oriente, donde se instaló entre el 16 y el 17 de noviembre de 1843 –el primer día el caballo y el segundo el jinete– coronando una monumental fuente diseñada por el arquitecto e ingeniero barcelonés Juan Merlo Fransoy, con la colaboración de los también ingenieros Fernando Gutiérrez, y Juan de Ribera Piferrer, cuya planta figura dibujada en el proyecto de ordenación de la plaza que firmaron conjuntamente el 10 de junio de 1842 atendiendo un encargo de la Intendencia de la Real Casa del año anterior, aunque el 3 de marzo de 1843 se les solicitó algunas rectificaciones antes de confiar el diseño definitivo al arquitecto palatino Narciso Pascual y Colomer, que en su propuesta de 1844 mantuvo sin apenas variaciones los jardines centrales en torno a la estatua ecuestre que habían proyectado aquéllos y que debían estar prácticamente acabados, pues la verja de hierro bronceada que los rodeaba ya estaba instalada en diciembre del año anterior. 

Narciso Pascual y Colomer

Aunque el monumento está fechado en 1844, sólo en abril de 1845 los ingenieros citados informaron de que se habían colocado en la fuente todas las restantes piezas decorativas realizadas por el Primer y Segundo Escultor de Cámara de la reina: el riojano –de Soto de Cameros– Francisco Elías Vallejo (1782–1858), que modeló los leones de bronce, la alegoría del río Manzanares y el bajorrelieve de “Felipe IV otorgando a Velázquez el hábito de Santiago”, y el cordobés José Tomás (1795–1848), que labró la figura del río Jarama y el relieve alegórico de “La protección de las Artes y las Letras bajo Felipe IV”; corriendo los modelos de hojas de los pilones laterales a cargo del valenciano Francisco Bellver Collazos (1812–1890); mientras que la obra de fábrica la ejecutó el cantero Jaime Lois. 




Ya en su nueva ubicación inspiró al poeta romántico Juan Eugenio Hartzenbusch –el célebre autor de “Los Amantes de Teruel”–, su fábula en verso editada en 1850 y titulada “El caballo de bronce”, que principia: “Niños, que de seis a once, tarde y noche alegremente, jugáis en torno a la fuente del gran caballo de bronce que hay en la plaza de Oriente…”, donde narra como al desmontar el caballo para trasladarlo, se descubrió que su interior estaba lleno de esqueletos de pajarillos que entraban por un hueco de la boca y ya no podían salir. 

Copia de Felipe IV por Rubens

En 1927, la plaza sufrió una nueva remodelación realizada siguiendo un proyecto del arquitecto mayor de Palacio y Sitios Reales, Juan Moya Idígoras, que eliminó la verja circundante y varió la disposición de las estatuas de la serie de los Reyes que rodean el grupo central. 

Plaza de Oriente en 1939

Diez años después, durante la Guerra Civil de 1936 a –1939 fue protegido, probablemente bajo las ordenes de Teodoro Anasagasti Algán (1880–1938), como arquitecto Jefe de la Oficina Técnica del Servicio de Socorro de Bombardeos; sufriendo el impacto de un proyectil que sólo dañó el revestimiento protector. 

Plaza de Oriente en 1920

En 1940, los arquitectos Manuel Muñoz Monasterio y Rodolfo García –Pablos González –Quijano idearon una nueva reforma de la plaza que se ejecutó entre 1941 y 1943, variando otra vez la posición de las estatuas circundantes y recreciendo el pedestal del monumento, en el que sustituyeron las tazas superiores –gallonadas y en derrame– de las fuentes laterales por otras similares a las inferiores pero de menor tamaño ,sobre las que instalaron sendas máscaras –similares a las de los pilones laterales de agua potable– bajo las preexistentes alegorías de los dioses fluviales. Asimismo modificaron los bancos laterales, que pasaron de apoyarse sobre tres “patas” a ser macizos, elevando seis peldaños las plataformas en que se asientan.

Pietro Tacca fue ayudante y discípulo de Giambologna desde 1592, ocupándose de realizar algunos de los encargos que éste recibió en su vejez, como la propia estatua de Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid, que aunque sigue el modelo establecido por su maestro en la escultura ecuestre de Cosme de Médici en Florencia, fue realizada casi íntegramente por Tacca, incluido el modelo previo a escala reducida; siendo esta estatua de Felipe IV la última obra monumental que salió de su taller.

Detalle estatua de Felipe III en Plaza Mayor

El florentino Ferdinando Tacca sucedió a su padre como escultor y arquitecto de corte de Fernando II, y aunque se conocen diversas estatuas de su mano, a partir de 1650 orientó su carrera hacia la decoración, la escenografía y la arquitectura teatral.

Escultura de Felipe IV vista de frente

El peso de la obra fue de 18.000 libras y su coste de 40.000 doblones, su equilibrio está resuelto con una ingeniosa solución de vigas de acero ocultas en la masa de la escultura y ancladas al basamento, con el espesor de la fundición variable desde la cabeza, muy fina, hasta los apoyos, prácticamente macizos de los cuartos traseros y la cola.


Configuración


El monumento a Felipe IV se compone de un elevado pedestal rectangular, coronado por la escultura ecuestre, y rodeado por otros cuatro pedestales de menor tamaño que nacen en diagonal de las esquinas del primero, sobre los que reposan otros tantos leones de bronce: dos firmados ELIAS y un tercero FRANCO ELIAS/ AÑO 1844; mientras que en el cuarto se lee el sello del fundidor CODINA HNOS / MADRID. 






Se crean así cuatro ámbitos diferenciados, ocupados a Norte y Sur por sendas plataformas elevadas delimitadas por una escalinata con nueve peldaños y dos barandillas de hierro, que acogen cada una dos bancos de piedra caliza y una fuente mural, con pilón en forma de naveta decorada con hojas, alimentada por el agua que brota de una máscara –una femenina tocada con flores al Sur, sobre la que se dispone un grupo de trofeos militares, y otra masculina coronada por pámpanos y racimos de uvas al Norte, sobre la que se ve un cojín con hojas de laurel y palmas –símbolos respectivos de la gloria y la victoria– y un cetro o bastón de mando, pues falta la corona real que antaño remataba el conjunto. Los otros dos costados, a Este y Oeste, están ocupados por sendos pilones semicirculares que recogen el agua que cae en cascada de dos tazas voladas superpuestas, alimentadas por el chorro que brota de sendas máscaras similares en todo a las antes descritas –la femenina a Occidente y la masculina a Oriente–, y las personificaciones de los ríos Jarama y Manzanares, representados como dos ancianos desnudos coronados de hojas y frutos: el primero, que mira hacia Palacio, se recuesta sobre un cántaro del que mana el líquido y que intentan alcanzar dos niños pequeños que simbolizan sus dos principales afluentes: Henares y Manzanares; mientras que el segundo, hacia el teatro Real, descansa sobre una masa de vegetación palustre bajo la que brota el agua, quedando el ánfora simbólica arrinconada en la parte trasera. 




En el centro de esta construcción se sitúa el pedestal propiamente dicho, como un prisma rectangular de dos cuerpos y cornisa con entablamento de roleos, decorado con dos bajorrelieves alusivos al reinado de Felipe IV: el septentrional, firmado FRANCO ELÍAS AÑO 1844, representa al monarca sentado en su trono y vestido con manto real y capa de armiño, condecorando con la cruz de Santiago a Velázquez, que se arrodilla ante él en presencia de diversos personajes de la Corte que observan la escena; y el meridional, que se atribuye a José Tomás, reproduce una alegoría de la protección del rey a las Artes y las Letras, con una figura central ataviada al modo clásico y tocada con corona almenada que representa a España, y que sostiene la trompeta de la Fama en la mano izquierda mientras eleva la derecha para colocar una corona de laurel –símbolo de la gloria– sobre las sienes de Pedro Calderón de la Barca, que se arrodilla ante ella, distinguiéndose junto a él a Francisco de Quevedo y detrás las figuras del Padre Juan de Mariana –escribiendo sentado en el libro de su Historia– Bartolomé Esteban Murillo y Juan Martínez Montañés; mientras que en el extremo derecho aparece la personficación de la Astronomía sentada junto a un globo celeste, la Literatura con un libro, la Escultura sosteniendo un medallón con la efigie de Felipe IV, la Música con una lira, etc., bajo el templo de la Inmortalidad que se recorta contra el horizonte. Los costados restantes del pedestal presentan sendas lápidas de mármol inscritas con letras de bronce, que rezan, la frontal: PARA GLORIA DE LAS ARTES / Y ORNATO DE LA CAPITAL / ERIGIO / ISABEL SEGUNDA / ESTE MONUMENTO,  y la posterior: REINANDO / ISABEL SEGUNDA / DE BORBON / AÑO DE / 1844.

lunes, 22 de septiembre de 2014

22 de Septiembre de 1660 Diego de Acedo, enano de Felipe IV es enterrado en la Iglesia de San Juan

“EL PRIMO”, ESTAMPILLERO Y BUFÓN DE LA CORTE DE FELIPE IV


Entra al servicio del Rey en 1633. En los documentos de los Archivos de Palacio sacados a la luz por Moreno Villa, consta como enano, pero no era (o al menos no sólo era) bufón, sino funcionario adscrito a la Secretaría de Cámara y Estampa y encargado de la estampilla con la rúbrica del Monarca. A esta tarea se refiere seguramente el gran infolio que maneja con sus hábiles manitas en el retrato que le hace Velázquez y en el que aparece con el atuendo de estampillero. Tenía un criado llamado Jerónimo Rodríguez y disfrutaba de un sueldo superior al de un simple bufón, ya que por medio año consta el pago de 18.750 maravedíes. En el verano de 1642, pasando el cortejo real por Molina de Aragón, un arcabuzazo de un soldado disparado contra Olivares lo hirió en la cara mientras abanicaba al conde duque en su coche. Tenía Diego fama de vanidoso y mujeriego, y se le relaciona con un crimen pasional acaecido en el alcázar una noche de 1643: al parecer, el aposentador de palacio Marcos de Encinillas asesinó en un arrebato de celos a su esposa, señalando a Acedo como el enano con quien ésta lo engañaba.
El origen del apodo de El Primo no está claro. Según Pantorba, quizás fuera hermano de una tal Lorenza Acedo y Velázquez, supuesta prima del pintor. Aunque para Moragas se trata más bien de un primo de Juan de Acedo, caballero de San Juan y contador mayor del infante-cardenal. Por su parte, los diversos libros esparcidos por el suelo en el mencionado retrato, le hacen sospechar a Gállego una posible alusión al personaje que con idéntico apodo aparece en el Quijote (2.ª parte, caps. XXII y XXIII) y que compartiría con el enano la misma manía literaria.

El bufón don Diego de Acedo, el Primo. Velázquez 1644

El retrato de Velázquez fue pintado en el año 1644, en Fraga, durante las jornadas reales de Aragón con motivo de la sublevación de Cataluña. En este lienzo, aparece Diego con mirada melancólica e inteligente, elegantemente vestido como un caballero, con ropilla negra de mangas bobas y cerrada al cuello con valona almidonada, calzones, calzas y zapatos negros. Sin duda se trata del “vestido de rizo negro que se le dio al Primo, enano, para los años de Su Majestad con otros efectos para con dicho vestido”, del que se da noticia en los gastos de guardarropa del Archivo de la Casa Real. Bajo el gran sombrero el doctor Moragas adivina el avance imparable de la calvicie, lo que pone en relación con un asiento del citado archivo en el que se lee que el 22 de junio de 1645, un peluquero de Zaragoza, Pedro Arias, recibió 40 reales por una peluca que hizo a Acedo.

Los restos de la Iglesia de San Juan en la Plaza de Ramales. Proyecto de recuperación urbana e histórica.


Texto extraído de : http://www.fotomadrid.com/verArticulo/140

La plaza de Ramales es una encrucijada  de calles situada en el Madrid más antañón y cuyo viario urbano ha experimentado una notable mutación desde hace doscientos años hasta el momento actual. Es una”laguna urbana” a la que van a desembocar, siguiendo el orden de las agujas del reloj, y comenzando al “mediodía”, las calles de Lepanto, Vergara, Amnistía, Santiago, San Nicolás y Noblejas. Como decíamos antes, la gran mayoría notablemente reformadas y diferenciadas del aspecto que mostraban hace sólo dos siglos.
La misma plaza de Ramales es relativamente moderna dentro de un tejido urbano que conoció su configuración más perdurable desde la Baja Edad Media.  En sus orígenes la plaza llevaba la denominación del templo que ocupaba la mayor parte de su actual solar: Plazuela de San Juan; topónimo diminutivo que expresa a las claras la exigüidad del espacio que abría la antigua plaza dentro del apiñado caserío madrileño medieval. Efectivamente, la plazuela se encontraba situada a los pies de la iglesia de San Juan, en el ámbito suroccidental de la actual plaza; mas en concreto en minúsculos resquicios que actualmente ocupan el final de la calle de Noblejas, y las confluencias de las calles de la Cruzada y de San Nicolás. Hoy en día aún podemos apreciar un leve ensanchamiento en este último sector, propiciado por el desarrollo oblicuo oeste-noroeste de la fachada trasera del caserón dieciochesco de Trespalacios, que en inicio amparaba la diminuta plazuela.
La configuración actual de la plaza finaliza en sus rasgos fundamentales en el año 1848, cuando habían transcurrido casi cuarenta años desde la demolición del viejo templo medieval, y con la finalización de las obras de construcción del nuevo barrio de Santiago a finales de los años 30 del siglo XIX. Es entonces cuando la nueva plaza –mucho más justificada esta calificación por su actual tamaño- recibe de la corporación municipal un nuevo nombre: Ramales. Esta denominación le fue otorgada en conmemoración de la  batalla que tuvo lugar en las inmediaciones de la homónima localidad cántabra, en la que las tropas isabelinas dirigidas por el general D. Baldomero Espartero derrotaron a las carlistas en el año 1839. Curiosamente, el nombre de la villa montañesa le fue aplicado igualmente al sector occidental de la plaza, entre las calles de Vergara y de Santiago, pero con la calificación de “calle”. Hoy en día sobrevive una vieja placa decimonónica que aún denomina así a este sector de la plaza e, incomprensiblemente, pues no parece reflejarse como tal calle en el callejero actual, una placa, ya metálica, posiblemente correspondiente a los años 60 del siglo XX.
La ampliación de la plaza se hizo tomando como base germinal el espacio residual de la antigua plazuela, pero sobre todo el ámbito que dejó libre la demolición de la iglesia de San Juan.
.-La Iglesia de San Juan: Templo foral de la reconquista cristiana.
Construida con casi toda probabilidad en la segunda mitad del siglo XII, la desaparecida Iglesia Parroquial de San Juan Bautista, posiblemente también dedicada al Evangelista, por las imágenes de ambos Juanes que ornaban su antiguo presbiterio-, aparece reflejada en el Apéndice del Fuero de Madrid, redactado en el año 1202, y que relacionaba las diez parroquias existentes por entonces dentro del recinto amurallado castellano, edificado sustancialmente entre la segunda mitad del siglo XII y comienzos del XIII.
No obstante, consta documentalmente su consagración en el año 1254 con intervención de Monseñor Fray Roberto, obispo de la lusitana localidad de Silves, capital del Algarve, reconquistada en 1249 por el rey portugués D. Alfonso III),según licencia otorgada por  D. Sancho de Rojas, Arzobispo de Toledo, el 7 de julio de dicho año, y bajo el reinado del monarca catellano-leonés, D. Alfonso X el Sabio. El hecho de que un obispo portugués consagrara un templo castellano en el siglo XIII, se debe a la disputa que por el Algarve mantuvieron castellanos y portugueses. Conflicto que se resolvió con la firma de la paz del rey castellano con Alfonso III de Portugal, en la cual se acordó la soberanía de derecho de Alfonso X sobre dicha comarca portuguesa, y el gobierno efectivo del monarca luso sobre la misma,  incluyendo la decisión casar a Beatriz,  hija ilegítima del Rey Sabio con el rey portugués.
Es en esta época cuando el templo adquiere una configuración formal conforme a la arquitectura románico-mudéjar imperante en esta zona de Castilla. Se trataba de un pequeño templo de tres naves de planta basilical, con ábside semicircular románica, y torre dotada de campanario situada en el lado del Evangelio de la fachada principal . Ésta lucía, sobre tu portada principal, tres “tondos” o medallones circulares de piedra, que mostraban los siguientes motivos esculpidos, de derecha a izquierda: Un “agnus Dei” o cordero con lábaro, una cruz griega de extremos redondeados y rodeada de una circunferencia pintada en rojo, y, finalmente, un “Crismón”, anagrama que recoge el nombre de Cristo en griego, con las letras “X” (“chi) y “P” (“ro”). Entusiastas cronistas de nuestro Siglo de Oro, deseosos de constatar la mayor antigüedad posible para la Villa y Corte (preferiblemente anterior al dominio musulmán) como Gerónimo de la Quintana  querían ver en la representación del Crismón la constatación de ser un templo de rito Católico Romano –ya que las tropas del Emperador romano Constantino I lo adoptaron en sus estandartes a raíz del Edicto de Tolerancia religiosa dictado en Milán en el año 312-. Este templo madrileño, por tanto, y según esta peregrina interpretación,  ya existiría, nada más y nada menos que durante la vigencia del reino visigodo de Toledo, más en concreto, durante el reinado de Recaredo, primer monarca godo oficialmente católico, tras el III Concilio de Toledo del año 589. No obstante, la utilización este símbolo cristiano ha sido frecuente en la arquitectura románica empleada durante la Reconquista cristiana. Por tanto, preferimos ser prudentes, y asegurar la pertenencia de dichos elementos ornamentales y simbólicos a la corriente artística del románico, y que permanecían íntegros hasta la reforma que se efectuó en la fachada principal y otras partes del templo a partir de 1609, en que esta parroquia absorbió la  feligresía y funciones del Convento de San Gil el Real, casi paredaño al Real Alcázar, y parroquia del mismo hasta ese momento. Desde esa fecha, la modesta iglesia de San Juan se convirtió en Parroquia del Real Palacio y vivió acontecimientos como el bautizo de la Infanta Margarita de Austria, hija de Felipe IV e Isabel de Borbón, en 1624. A pesar de su modesto tamaño, el templo incluía capillas de linajes tan destacados como los Solís, Lujanes, Herreras, o la de D. Gaspar de Fuensalida, donde fue enterrado Velázquez en 1660.

Reforma josefina: Demolición.

El germen de la actual plaza de Ramales lo constituye la labor reformadora urbanística emprendida por el Rey José I Bonaparte, monarca “intruso” impuesto a los españoles por su hermano, el Emperador de los Franceses, Napoleón I.
Deseoso el culto e ilustrado monarca francés de dignificar los alrededores del bellísimo Palacio Real, mandó demoler la práctica totalidad del caserío que asfixiaba la residencia regia frente a su fachada oriental, cayendo tanto dependencias oficiales de la Monarquía (como las Casas de la Cadena, de los Oficios, Cocinas y Biblioteca Real) como religiosos (Convento de San Gil el Real, de Franciscanos Descalzos), o aristocráticos (como el palacio del Marqués de Valmediano), entre otros muchos, sin contar viviendas comunes del pueblo. El objetivo era despejar una plaza monumental frente a la fachada Este del Palacio, y ensanchar la calle del Arenal en una gran avenida que uniera este flamante ámbito con la Puerta del Sol. Las vicisitudes de la guerra no permitieron llevar este proyecto a su punto y final. En 1814, al retorno de Fernando VII, el panorama frente a la fachada oriental de Palacio no podía ser más desolador, a la vista del páramo polvoriento y colmatado de escombros que había resultado de las labores de demolición. También cayó la venerable Iglesia de San Juan. Su demolición se efectuó entre 1810 y 1811; su feligresía y parroquialidad se trasladaron a la inmediata Iglesia de Santiago Apóstol, recién reconstruida en estilo neoclásico por entonces (1806-1811), al haber sido afectada el 28 de diciembre de 1804 por un fuerte vendaval que desplomó gran parte de las cubiertas, haciéndose entonces recomendable la demolición de este templo, también perteneciente al medievo, aunque notablemente reformado en el siglo XVII. Los trabajos de la nueva iglesia se ejecutaron bajo los planos del arquitecto Juan Antonio Cuervo, discípulo del insigne Villanueva. El inmediato barrio de Santiago  también fue demolido casi por completo, cayendo mansiones nobiliarias tan señaladas como las de los Álvarez de Toledo (donde llegó a vivir el célebre Condestable de Castilla D. Álvaro de Luna), las del Marqués de Auñón, las de los Pimentel, Herrera, etc.; que hacían un conjunto de casas solariegas de los siglos XIV y XV, en el momento de su demolición absolutamente despreciadas, pero cuya construcción gótico-mudéjar nos haría verlas hoy en día con ojos muy diferentes. También cayó un instituto religioso tan destacado en el Madrid de la época como lo fue el Convento de Santa Clara (del que apenas subsiste hoy el nombre de la calle en el que se alzaba), que había sido fundado en 1460 por la eminente dama de la Corte de Enrique IV, Dª Catalina Núñez, esposa de d. Alonso Álvarez de Toledo, tesorero de este desdichado monarca.
Al igual que sucedía con el solar de la futura plaza de Oriente, casi todo el barrio de Santiago, incluyendo la plazuela de San Juan, había quedado convertido en un desolado espacio yermo, con hitos edilicios puntuales supervivientes tan notables como el Palacio del Marqués de la Laguna (que, no obstante acabaría siendo demolido en los años 40 del siglo XX), el palacio de D. Domingo de Trespalacios, o la recién terminada de edificar Iglesia de Santiago. Habrá que esperar a los años 1833-1837 para ver levantarse el nuevo barrio de Santiago, con flamantes calles regularizadas de manera racional, rectilíneas y con cruces entre ellas próximos al ángulo recto. También se urbanizó la plaza de Ramales que recibe este nombre tras el fin de la primera Guerra Carlista (1833-1839).

Recuperación de un espacio vetado al peatón.

En la segunda mitad del siglo XX, la plaza, al igual que muchos ámbitos de la ciudad, se satura de automóviles. La cercanía de la Plaza de Oriente y del Palacio Real, provoca que la plaza de Ramales se convierta en un estacionamiento de superficie de turismos, camiones y numerosos autocares, arrinconando al peatón en aceras estrechas, y  creándose zonas residuales en el centro de la misma plaza donde se aparcaba de forma descontrolada. En suma, absoluta preponderancia del tránsito rodado sobre el peatón. La única novedad ornamental en tantos años fue la colocación en 1960 por el entonces Ministerio de Educación Nacional, de un monumento conmemorativo de la inhumación del pintor Diego Velázquez en la desaparecida Iglesia de San Juan en el trescientos aniversario de su óbito: en el interior de pequeño parterre de césped circular, que cumplía funciones de glorieta encauzadora del tráfico de la plaza,  y sobre un graderío cuadrangular, se colocó un pedestal con placas recordatorias del eminente pintor, sustentadora de una columna dórica rematada de una cruz de forja.
La construcción del paso subterráneo de la calle de Bailén a su paso por la fachada oriental del Palacio Real, y la edificación de un estacionamiento subterráneo permitieron recuperar un magnífico ámbito urbano para los ciudadanos y visitantes, con el remate final de la peatonalización de la plaza de Oriente (1994-1997). El positivo resultado se contagió en un Proyecto de Aparcamiento de Residentes en la plaza de Ramales, que permitiera peatonalizar este ámbito y crear plazas de estacionamiento de vehículos para los vecinos.

Excavaciones arqueológicas.

En aplicación de la Ley 10/1998, de 9 de julio de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, y estando declarado el Recinto Histórico de Madrid Zona arqueológica catalogada como Bien de Interés Cultural, desde 1993, era preceptiva la realización de la excavación arqueológica de la Plaza de Ramales, antes de iniciar su vaciado para construcción del aparcamiento subterráneo y la subsiguiente urbanización en superficie.
El proyecto y dirección de las excavaciones corrió a cargo de los arqueólogos Antonio Méndez Madariaga, Pilar Mena Muñoz y Fernando Velasco Steigrad., trabajos promovidos y financiados por la Empresa Municipal de la Vivienda, y la Dirección General de Patrimonio Histórico de la Consejería de las Artes de la Comunidad de Madrid.
Como labor previa, se efectuó un estudio histórico exhaustivo tanto de la plaza como de la zona que ocupó la antigua iglesia, coordinado por el historiador Fco. José Marín Perellón, incluyendo la recopilación de toda la planimetría histórica de la zona.
Seguidamente, y a partir de 1999, se realizaron tres sondeos en las zonas que se estimaba podían aportar la mayor información posible, sin interrumpir, en la medida de lo posible el tránsito de vehículos en superficie. Así, salieron a la luz las cimentaciones del ábside semicircular de tradición románica, el muro sur (que es el que hoy podemos contemplar bajo la estructura acristalada), y el sector noroccidental, emplazamiento del antiguo campanario
La investigación histórica permitió constatar los enterramientos realizados en el antiguo templo, que tuvo carácter de parroquia del Alcázar-Palacio Real, sobre todo el del pintor Velázquez –cuyo cuerpo fue buscado infructuosamente- y el de su esposa, Juana Pacheco. De entre los varios osarios datados en los siglos XVI y XVII, destacó sobremanera el hallado bajo el altar mayor del ábside, ya que en el aparecieron los restos de varios niños menores de cinco años.
Se pudo documentar en esta excavación la etapa islámica, entre los siglos IX y XI de nuestra Era. En concreto, aparecieron 18 silos de almacenamiento de grano y 10 pozos de captación de agua excavados en el terreno geológico, y que más tarde, perdidas sus funciones originales y utilizados como basureros, permitieron recuperar un notable conjunto de piezas de cerámica hispanomusulmanas.
El sector correspondiente a la antigua torre que sustentaba el cuerpo de campanas, deparó el descubrimiento de su cimentación, que se encontraba asentada a su vez aprovechando una estructura más antigua. El no haber culminado la excavación para investigar hasta sus últimas consecuencias este intrigante basamento, por la premura del tiempo para iniciar las obras de construcción del aparcamiento, impidió determinar con seguridad a qué tipo de edificación correspondía originalmente. Se ha especulado que pudo ser la cimentación de un alminar correspondiente a una mezquita islámica antecesora del posterior templo cristiano; si bien, historiadores como el recientemente desaparecido profesor Montero Vallejo, defensor de un recinto fortificado intermedio de cronología califal –por él denominado “medinilla”-, entre los reconocidos y constatados de cronología emiral (siglo IX) y cristiano bajomedieval (siglos XII-XIII), en su obra “El Madrid Medieval” plantea la sugerencia de que pudiera corresponder a uno de los cubos cuadrangulares  que reforzarían esta hipotética muralla.
Las excavaciones arqueológicas se dieron por finalizadas en 2002, ante la inminencia de la construcción del P.A.R.

Rehabilitación y peatonalización de la plaza.

El déficit de plazas de estacionamiento de vehículos existente en la zona, determinó que el Ayuntamiento decidiera la construcción de un aparcamiento de residentes en la plaza de Ramales, consecuencia, asimismo, del resultado satisfactorio obtenido con la construcción de una infraestructura análoga en la plaza de Oriente, la cual incluía, además de plazas de residentes, estacionamiento público para turismos y autocares.
A la vez que se efectuaba la preceptiva excavación arqueológica de la plaza para documentar los restos subsistentes de la iglesia de San Juan, se planteó la posibilidad de recuperar una pequeña parte de la misma para su contemplación por parte de madrileños y visitantes, lo que derivó en una modificación del proyecto original. Éste fue promovido por la Empresa Municipal de la Vivienda y el Suelo (EMVS), dependiente del Área de Gobierno de Urbanismo, Vivienda e Infraestructura del Ayuntamiento. Los trabajos, una vez finalizada la construcción de la losa de hormigón que habría de cubrir el aparcamiento subterráneo, y por parte de la Dirección de Rehabilitación de la EMVS, consistieron en la urbanización de la plaza y entorno inmediato. La superficie a intervenir abarcaba algo más de 3.700 m.2,  y lógicamente se aprovechó para renovar las infraestructuras de suministros generales, se crearon nuevas redes de drenaje y puntos de riego, se renovaron las acometidas a los edificios que conforman la plaza y, sobre todo, se ampliaron excepcionalmente las zonas destinadas a los peatones, con zonas estanciales perfectamente  marcadas, con renovación del mobiliario urbano, farolas y plantación de arbolado.
Lo que más nos interesa por su relación con el protagonista de este artículo, la iglesia de San Juan, es que se aprovechó la implantación de nuevo pavimento en la peatonalizada plaza, para marcar en su solado la planta de la iglesia desaparecida. Para ello, se emplearon dos recursos básicos: la instalación de bancos de fábrica de placado de granito para los ciudadanos, que seguía parcialmente el contorno del ábside y de los muros noroccidental y suroccidental de la iglesia, y el tratamiento diferenciado de pavimentos que permite apreciar con claridad el desarrollo en planta del desaparecido templo. Asimismo, se aprovechó el acceso peatonal al aparcamiento para  “musealizar” las ruinas de la fachada sur de la iglesia, que pueden ser contempladas bajo una estructura metálica y acristalada, iluminadas por pequeños focos de noche, y rodeada de una barandilla.
Los trabajos, dirigidos por los arquitectos Luis Cubillo, y Juan López Rioboo y el ingeniero Antonio Acosta, finalizaron en el año 2003 con un coste de algo más un millón y medio de euros, y supuso un interesantísimos ejemplo de recuperación de una plaza degradada de la ciudad para sus habitantes, con la recuperación de un pequeño testimonio arqueológico de un hito histórico de nuestra ciudad interesantísimo. Lástima que el vaciado de la plaza para la construcción del aparcamiento subterráneo no permitiera la conservación de más restos proclives a nuevas investigaciones.
La nueva plaza fue inaugurada oficialmente el 6 de mayo de 2003.

Una brillante iniciativa urbanística, lastrada por un deficiente mantenimiento.

Han transcurrido escasos años desde la realización de las obras de remodelación de la plaza y ésta ha recobrado un dinamismo ciudadano del que carecía hasta la finalización de las mismas. Las personas pueden pasearla y disfrutarla; los niños tienen un espacio amplio y seguro para sus juegos, y los adultos pueden relajarse deambulando por la misma o disfrutando tranquilamente sentados en cualquiera de los agradables veladores que han instalado bares y cafeterías.
La plaza luce adecuadamente pulcra en superficie, y en estos últimos años se ha conseguido erradicar el estacionamiento indebido que comenzaba a invadir este espacio peatonalizado. La pérdida de algún bolardo que impedía el acceso de los vehículos a la plaza favorecía la acción de conductores incívicos que ocupaban este espacio reservado al disfrute peatonal. En este sentido las autoridades han puesto coto a estos desmanes… aunque no han podido con todos.
Insistiendo en el hecho de que la plaza luce limpia en superficie, no obstante hay que criticar la circunstancia de que las labores de mantenimiento de sus infraestructuras no muestran una intervención continua y sistemática. En cierta ocasión, una de las mamparas de metacrilato transparente de la barandilla que circunda el tramo de muro de la iglesia apareció destrozada, y su sustitución por una nueva llevó al menos un par de meses; mientras la melladura aparecía precariamente condenada por una simple cinta de línea policial dispuesta en aspa. Finalmente la mampara reventada fue sustituida.
Además, a finales del otoño de 2010, una de las secciones de la reja que cubre uno de los grandes respiraderos del aparcamiento subterráneo, en concreto, el que se halla en la calle de Requena, esquina a la de Lepanto –por tanto, zona norte de la plaza de Ramales- desapareció; ignoramos si retirada por deterioro, o simplemente sustraída. La policía municipal dio aviso de semejante circunstancia y, provisionalmente se cubrió la parte del respiradero desprovisto de la reja por una gran plancha metálica, fijada al asfalto con tierra apisonada. Solución provisional que se mantiene transcurridos varios meses.
El banco corrido que rodea parte del perímetro del ábside de la iglesia ha perdido alguno de sus placados de granito, sin que haya sido sustituido en varios años.
La barandilla que rodea el yacimiento musealizado de los restos de la iglesia muestra varios de los paneles de metacrilato, suspendidos sobre estructura metálica de acero cromado y cable tensado, también de acero, infamemente “firmados” con chafarrinones efectuados con ácido
La mampara de metacrilato transparente  que, a modo de ventana arqueológica, debería permitir la visión diáfana y clara del yacimiento arqueológico, no cumple debidamente su función, debido a que en la mayor parte de las ocasiones muestra su cara interior perlada de enormes gotas de agua provenientes de la condensación de la humedad interior, que ha favorecido el que, a buen recaudo de la intemperie y de las temperaturas heladoras del invierno madrileño, la vegetación silvestre haya germinado y se haya desarrollado esplendorosamente cobijada al amparo de tan estupendo “invernadero”. Lo cual nos da a entender que la limpieza y mantenimiento adecuado de los restos arqueológicos expuestos, no mantiene la debida constancia y periodicidad.
El crecimiento y desarrollo de esta vegetación espontánea ha ocasionado que se haya echado a perder una de las “puestas en escena” más interesantes en la adecuación del yacimiento, como era la recreación artificial del corte estratigráfico del terreno con disposición de reproducciones de fragmentos cerámicos aparecidos durante las excavaciones. El generoso desarrollo de la vegetación descontrolada y sus raíces, lo han echado a perder absolutamente.
El acceso peatonal al aparcamiento subterráneo permitía visionar el desarrollo del muro sur de la iglesia a nivel de rasante en toda su extensión; sin embargo el descontrolado crecimiento de la vegetación silvestre impide esta opción actualmente.
El metacrilato utilizado tiene, en origen, una transparencia del 93 %, y su durabilidad está certificada por la experiencia, no encontrándose prácticamente ejemplos de placas de este material que muestre ningún signo de envejecimiento transcurridos más de diez años. Es posible que esta afirmación no pueda mantenerse de forma tajante a la vista del efecto que está ejerciendo la vegetación sobre las planchas que deberían permitir la visión del yacimiento.
El proyecto original de musealización del yacimiento de la iglesia de San Juan, preveía que el vestíbulo de acceso al aparcamiento de residentes constituyera una pequeña sala de exposición explicativa del yacimiento y de su devenir histórico, con exposición en vitrinas de algunas de las piezas recuperadas. Y esto fue así durante las primeras semanas siguientes a su inauguración. La costumbre que adoptaron algunos indigentes de pernoctar en el mismo, a buen recaudo de la intemperie, abortó este interesante complemento del yacimiento. Se cerró el acceso al mismo con una nueva puerta, quedando el disfrute de esta pequeña sala de exposición circunscrito en exclusiva a los usuarios de las plazas de estacionamiento.
El acceso al mismo, además, se ve “adornado” por otra de las inteligentes muestras del talento de algún artista urbano que prefiere mantenerse en el anonimato.
No dejando de apreciar la interesante labor de urbanización de la plaza, así como de la puesta en valor de algún pequeño resto de la desaparecida iglesia de San Juan, no nos queda más que dar un toque de atención al Ayuntamiento para que priorice el mantenimiento de infraestructuras y dotaciones que han requerido una fuerte inversión al erario público y constituyen, indudablemente, un notable aporte a la calidad de vida ciudadana, que se ve menoscabado por esta aparente falta de diligencia municipal.