miércoles, 4 de febrero de 2015

4 febrero 1894 se inaugura La Mallorquina en el número 2 de la calle Mayor

La Mallorquina es una pastelería-cafetería ubicada en el centro de Madrid, en plena Puerta del Sol. Es famosa por ofrecer bollería típica de Madrid desde 1894. Sus inicios como tienda y café de tertulia devinieron con el tiempo en cafetería y salón de té con tienda de pastelería. Su posición en la plaza (en una de sus esquinas occidentales al comienzo de la calle Mayor) hace que sea un punto de paso estratégico. En la actualidad sus tres escaparates muestran las variedades reposteras de la culinaria madrileña.


A mediados del siglo XIX (justo antes de la gran reforma de la Puerta del Sol) ya existía en esta misma ubicación un café y salón de té propiedad de Garin. La Mallorquina existía en la calle de Jacometrezo (número cuatro), muy cercana a la Red de San Luis. La empresa estaba formada inicialmente por los empresarios Balaguer, Coll y Ripoll, que posteriormente tomaron las riendas del negocio de Garín. Tras la Gran reforma de la Puerta del Sol la tienda se traslada de Jacometrezo a la Calle Mayor.


Su inauguración en la calle Mayor se realiza el 4 de febrero de 1894. El nombre del establecimiento proviene del origen balear del fundador: Juan Ripoll. Allí puso una tienda de pasteles (principalmente ensaimadas), fiambres y botellas, con un salón interior para que los contertulios tomaran chocolate, café, cerveza, etc. Las ensaimadas mallorquinas tomadas con chocolate, fueron muy populares en aquella época. Sus camareros iban vestidos de frac y hablaban francés. Los helados no se servían en copa como era corriente, sino en platillos de cristal con forma de concha con un bollito mallorquín. 


Balaguer, Coll y Ripoll trajeron a la cocina madrileña dos productos mallorquines como eran la sobrasada y la ensaimada. En la tienda se podían adquirir estos productos junto con el jamón dulce y el huevo hilado. Tartas de diversas composiciones como puede ser la capuchina, y los ponches típicos segovianos.


A comienzos de siglo acudían a los salones de la Malloquina las familias más ilustres de la época. En la Mallorquina tomaban a menudo sus refrigerios vespertinos personajes como Francisco Silvela y Raimundo Fernández Villaverde. Con el tiempo los salones se hicieron populares y la elegancia de los inicios dio paso la asistencia de transeúntes de la calle. 

La Mallorquina en 1936

Las tertulias pronto acudirían a los salones de La Mallorquina, una de las tertulias más importantes y aficionada a departir de libros, ediciones raras, objetos de arte, etc. Sus componentes eran: don Adolfo Bonilla y San Martín, don Aureliano de Beruete y MoretJulio Puyol y Alonso y Elías Tormo. Todos ellos acudían de noche, en horas tranquilas y escribían sus bromas literarias bajo la firma colectiva: El Bachiller Alonso de San Martín. Gracias a la presencia de estas tertulias literarias la Mallorquina era un centro de cultura, un cenáculo, una academia en los primeros años del siglo XX antes de la guerra civil.


La familia de Ripoll finalmente vendió el negocio de la tienda durante la guerra civil a sus actuales propietarios. A comienzos de siglo trabajó en sus cocinas durante casi tres años, el confitero aragonés Teodoro Bardají Mas.


El establecimiento posee dos entradas desde la calle: Puerta del Sol, nº 8 (frente a la boca de metro) y otra a la Calle Mayor, nº2. Posee dos plantas, en la inferior se pueden comprar diversos bollos y pasteles típicos de la cocina madrileña así como caramelos y dulces diversos: entre ellos las famosas violetas


En un lateral existe una cafetería en la que se sirven caféschocolate con churrossándwich mixtos, etc. en la parte superior existe un salón desde donde puede divisarse toda la Puerta del Sol. 


En 1889 la revista «El diario del gourmet» recorre los establecimientos madrileños y va enumerando las especialidades remarcables de cada sitio, al llegar a la Mallorquina menciona los helados.

martes, 3 de febrero de 2015

3 Febrero 1802 muere Pedro Rodríguez de Campomanes, político, juriconsulto y economista español

Pedro Rodríguez de Campomanes y Pérez, primer conde de Campomanes (Santa Eulalia de SorribasTineoAsturias1 de julio de 1723 - Madrid3 de febrero de 1802). Fue nombrado Ministro de Hacienda en 1760 en el primer gobierno reformista del reinado de Carlos III dirigido por el primer ministro Conde de Floridablanca y despojado de sus cargos ante el temor que despertó en el rey Carlos IV la Revolución francesa en 1789.

Retrato de Campomanes por Mengs

Hay pocos datos sobre su biografía, dado que las investigaciones realizadas hasta la fecha son bastante parcas. Aunque una rama de su ascendencia era de hidalgos arruinados, nunca se le tuvo como noble y padeció al principio de su biografía grandes miserias materiales. Al fallecer su padre, la madre confió su manutención y formación a un tío canónigo de la colegiata de Santillana del Mar, y allí se formó demostrando una inteligencia precoz en el estudio de las lenguas clásicas (a los diez años traducía fragmentos de Ovidio). Luego inició la carrera de leyes en Oviedo, que continuó y concluyó en Sevilla, y se trasladó a Madrid para abrir un bufete de abogado.

Casa de Cisneros en la Plaza de la Villa, Lugar de residencia de Campomanes

Ávido de saber, especialmente en materias históricas, económicas y filológicas, se dedicó intensamente a estudiar lenguas antiguas y modernas y, además, árabe. Frecuentaba la tertulia conventual del ilustre polígrafo benedictino padre fray Martín Sarmiento, quien le inculcó un amor sin límites a los patrióticos ideales de regeneración de su hermano de orden, Benito Jerónimo Feijoo, de quien luego sería su más entusiasta apologista, biógrafo y editor. Al advenir al trono Carlos III, se fijó en él y fue nombrado miembro de los consejos de Hacienda y de Castilla y volcó su vida por entero a la política, como pueden acreditar los numerosos cargos oficiales que desempeñó y los muchos asuntos para los que fue requerido. Se consagró a las reformas en tres sectores: jurídico, económico y político, bajo el signo de la Ilustración. En el ámbito político, se le ha clasificado como defensor del despotismo ilustrado; en el económico, se opuso al monopolio gremial y de la Mesta, últimos restos del anticuado sistema económico estamental; asimismo promovió el comercio y la industria y favoreció la expulsión de los jesuitas y la desamortización de sus bienes.


De 1747 es su espléndida obra Historia sobre la Orden y Caballería de los Templarios, uno de los documentos más importantes y completos sobre la Orden del Temple, el proceso que se le siguió y la muerte en la hoguera de sus dirigentes más destacados, aunque también, como economista, discurre minuciosamente sobre el destino de sus bienes; parecía aquí anticiparse el regalismo de una política que desembocaría veinte años más tarde en la expulsión de los jesuitas (1767) a consecuencia o pretexto del motín de Esquilache (1766). De esa misma línea es su Bosquejo de política económica española, delineado sobre el estado presente de sus intereses (1750), que firmó con el pseudónimo de Rodrigo Perianes Campo. Todos estos trabajos le valieron su inserción en la Real Academia de la Historia en 1748. Investigó entonces, entre 1751 y 1754, los concilios celebrados en España y publicó su estudio en el tomo segundo de las Memorias de la Academia; en 1755 obtuvo el puesto de director general de Correos y Postas.

Retrato de Campomanes

Carlos III lo nombró Ministro de Hacienda en 1760. En 1762 fue nombrado Fiscal del Consejo de Castilla, que más tarde presidió. En 1763 pasó a ser miembro de la Real Academia Española y en 1764 obtuvo la presidencia de la Real Academia de la Historia. Entre sus logros como ministro de Hacienda figuran el haber establecido subsidios para las zonas agrícolas más desfavorecidas, el conseguir liberar el comercio y la agricultura de los impuestos que impedían su crecimiento y el decreto de libre circulación de los cereales.


En 1765, año en el que publicaría su importante Tratado de la regalía de amortización, muy pronto traducido a las demás lenguas europeas, Campomanes fue nombrado Presidente del Consejo de la Mesta. Aprovechó ese mismo año para apoyar a la Compañía de Impresores y Libreros, nacida en 1763, concediéndoles el beneficio de la edición exclusiva de las Obras completas de Benito Jerónimo Feijoo, que acababa de fallecer y hasta entonces circulaban sueltas, y él mismo se encargó de escribir una "Noticia biográfica" para la obra, que constó de catorce volúmenes en octavo; pretendía así divulgar el nuevo pensamiento reformista por toda España. Tras apoyar la expulsión de los jesuitas (1767), quienes mantenían el monopolio de formación de los nobles y encabezaban la oposición a las reformas regalistas, se unió a Pablo de Olavide y al propio Conde de Aranda para organizar la repoblación o colonización de Sierra Morena y escribió su Instrucción para las nuevas poblaciones de Sierra Morena y fuero de sus pobladores, donde preconizaba reformas agrarias que a su juicio deberían aplicarse a todo el agro español: reparto de tierras entre pequeños propietarios, compatibilizar ganadería y agricultura e imponer una ley de arrendamientos a largo plazo. Con esta misma intención reformista publicó en 1774 su Discurso sobre el fomento de la industria popular, que fue muy divulgado por toda España en los consistorios municipales y entre los covachuelistas; y en 1775 su Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento, igualmente difundido. Como suplemento a esta obra se publicaron en ese mismo año cuatro apéndices, considerablemente más extensos cualquiera de ellos que el Discurso original. En el primero se reflexiona sobre las causas de la decadencia de los oficios y manufacturas de España durante el último siglo. En el segundo se ofrecen los pasos necesarios para mejorar o restablecer las viejas manufacturas y se aporta una curiosa colección de decretos reales con el propósito de defender las artes y oficios y la introducción de materias primas extranjeras. El tercero trata sobre las leyes corporativas de los artesanos en contraste con el resultado de la legislación española y las ordenanzas municipales de las ciudades. El cuarto contiene ocho ensayos del arbitrista del XVII Francisco Martínez de Mata sobre comercio nacional, con algunas observaciones adaptadas a las circunstancias de la época.

Real Cédula de 1775 mediante la que se aprueban los estatutos de la Real Sociedad Económica de amigos del País

En ese mismo año de 1775 se constituyó por iniciativa suya la Real Sociedad Económica de Madrid, cuyo estatuto vino a ser el modelo de las demás que promovió por toda España y Colonias. Estas Sociedades Económicas de Amigos del País, fundadas con el espíritu de la ilustración, pretendían desarrollar y difundir la industria, el comercio, la agricultura, la ciencia y la cultura a todos los ciudadanos.


En 1780 recibió el título de conde de Campomanes, según una ley que permitía acceder a la nobleza a personas influyentes, aunque sin tradición heráldica. En 1786 fue nombrado Presidente del Consejo de Castilla y en 1788, a causa de las intrigas del favorito de Carlos IV, el Conde de Floridablanca, cayó en desgracia. En 1789 fue nombrado Presidente de las Cortes.

Monumento a Campomanes en Oviedo

A su muerte en 1802 el ilustrado español Joaquín Traggia compuso e imprimió una oración fúnebre y se procedió a realizar un inventario de su biblioteca que reveló el interés de Campomanes sobre los temas relativos al continente europeo y su profundo conocimiento de la realidad política y social de la época.

lunes, 2 de febrero de 2015

2 Febrero 1852 Martín Merino intenta asesinar a Isabel II

Cuando se cumple ahora 163 años del intento de regicidio y posterior ejecución del cura Merino, los análisis históricos que se están llevando a cabo refuerzan la tesis de que el Gobierno moderado de Bravo Murillo aprovechó la coyuntura para reforzar la imagen de la reina, ya entonces bastante deteriorada. «Mi celebridad se quedará en las estamperías», aseguró Martín Merino días antes de ser ejecutado en la capital de España por regicida. Este sacerdote nacido en Arnedo y apodado el cura Merino intentó asesinar a la reina Isabel II, pero su puñalada sólo pudo herir a la hija de Fernando VII. Muchos quisieron ver en su atentado una conspiración contra la Corona, pero él siempre lo negó.


Isabel II, velada. 1855. Torreggiani, Camillo


Atentado en Atocha

El 2 de febrero de 1852 Martín Merino acudió a la madrileña iglesia de Atocha con un puñal oculto bajo el hábito talar. La reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como ‘La Chata’ y dar gracias por tan venturoso parto, pues sus dos anteriores hijos habían muerto. Fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada que bien pareciera mortal de necesidad y sólo la actuación de la comitiva real impidió que el agresor le asestara otra cuchillada. La Reina cayó de espaldas, al tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos se hacía cargo de la princesa recién nacida para protegerla. Esto le valió más tarde recibir el título de marqués del Amparo, que le fue concedido el 2 de septiembre de ese mismo año. El gesto instintivo de protegerse con el brazo y las consistentes ballenas que armaban el corsé de Isabel II, amortiguaron la puñalada y dejaron en herida leve un golpe que pudo ser más grave.

Ilustración del cura Merino intentando asesinar a Isabel II

El cura Merino fue detenido de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a muerte. En los apuntes jurídicos de su causa ya se decía que «entre los papeles que le encontraron tenía uno con el epígrafe de La Conciencia, discurso de oposición al partido Narváez, que entre otras cosas decía que la declaración de la mayoría de S. M. envolvía la burla más sangrienta contra el Estado».

Martín Merino

Se trata del libro La Conciencia, páginas escritas por el regicida Merino y publicadas por su abogado defensor, en la Imprenta de Miguel González, en 1854. El propio abogado afirmaba en el preámbulo de este opúsculo de 23 páginas que «las personas que entonces gobernaban la Nación no permitían que se hablase de Merino, su solo nombre los aterraba, así lo comprendimos, y por eso abandonamos nuestro propósito (…). Hoy las circunstancias han cambiado completamente, ya nadie se asusta de nombres». De hecho, el defensor sólo publicó la obra tras el triunfo de la Revolución en España, en 1854, conocida como la Vicalvarada y que puso fin al mandato de Narváez.

Intento de regicidio

Fue entonces cuando se supo que uno de los motivos que impulsaron a Merino a atentar contra la Reina fue el «indigno» fusilamiento de Martín Zurbano. «Los siglos venideros mirarán como una aficción mitológica la sangre de un padre regando las cenizas de sus hijos, todos bañados voluntariamente en su propia sangre para crear el trono, de cuyas órdenes hicieron los ministros viniese su exterminio: no estaba aún cometida la falta y castigada con la muerte de los hijos, cuando los mayores enemigos de la reina sacrificaron a Zurbano que pudo ser culpable, pero nunca digno del fin que tuvo poco honroso por cierto para el reinado de Isabel II».

Isabel II como condesa de Barcelona. Atribuido a Laurent y Minier, Juan. 1860


Muerte a los enemigos

En realidad, el cura Merino contra quien quería atentar era contra Narváez, pero dadas las medidas de seguridad en torno al presidente del Gobierno, volcó su ira hacia Isabel II, curiosamente más desprotegida. A Ramón María Narváez no le había temblado el pulso con sus enemigos, entre ellos el héroe de Varea. Como ejemplo, su frase más famosa: «No puedo perdonar a mis enemigos, porque los he matado a todos».


Ajusticiamiento de Martín Merino con el sistema del Garrote Vil

Mucho se habló de si Merino era, en realidad, la punta de lanza de un complot contra la monarquía, alentado por el propio duque de Montpensier, el gran conspirador. Fue «hijo de rey, cuñado de reina, padre de reina, mortífero duelista y eterno conspirador, fracasó en su empeño de sentarse en el trono de España», afirma el profesor Calvo Poyato. También se habló de una conjura masónica. Pero siglo y medio después no hay prueba alguna. «Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo», declaró Merino en el juicio.


Isabel II y “Paquita”

Desde el momento que accedió al trono, la imagen de la reina Isabel II comenzó a deteriorarse rápidamente: el pueblo había salido muy harto del reinado de su padre, Fernando VII, y de la posterior guerra civil entre isabelinos y carlistas; el matrimonio entre Isabel y su primo Francisco de Asís –al que la gente motejaba como “Paquita”- iba de escándalo en escándalo, al igual que los escarceos amorosos de la exregente María Cristina; la reina había dejado hacer de su capa un sayo a los moderados, no sólo desde un punto de vista de represión política sino, también, con una gestión que frenaba el librecambismo que imperaba en Europa.

Retrato de Isabel II por José Galofre y Coma

La oportunidad de tocar la fibra del ciudadano de a pie, manipulando la imagen de una joven madre herida nada más bautizar a su hija por un loco, no fue desaprovechada por el jefe de Gobierno, Bravo Murillo. La propaganda oficial se encargó de airear el suceso y de colocar a Isabel II como víctima, buena madre, amante esposa y excelente gobernadora. De hecho, cuando en 1854 la revolución conocida como “La Vicalvarada” derrocó el Gabinete moderado, la reina aguantó sobre su trono y no fue hasta la segundo intentona de 1868 hasta su derrocamiento definitivo.


Nacido en Arnedo

Martín Merino y Gómez había nació en Arnedo en el año 1789. De niño ingresó en la orden franciscana, hábitos que abandonó en 1808 para participar en la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Tras la contienda, retomó los hábitos y llegó a ser ordenado sacerdote. A causa de sus ideas liberales en contra del Rey Fernando VII, se ve obligado a escapar a Francia en 1819 aunque regresó un año después cuando triunfó la revuelta de Riego.

Tras la caída del Trienio Liberal y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Merino fue encarcelado, hasta que logró huir y exiliarse de nuevo en Francia. Allí permaneció durante once años como párroco de una localidad próxima a Burdeos. De regresó a España, instaló su residencia en Madrid, siendo designado capellán de la iglesia de San Sebastián. En el año 1843 ganó una importante suma de dinero en la Lotería, lo que le llevó a practicar la usura. Pero el negocio no fue bien y perdió toda su fortuna, amancebado con más de una criada vivió sus últimos años preparando la conspiración contra Narváez y que culminó con el ataque a Isabel II.



Cinco días después del atentado contra la joven monarca Isabel II, Martín Merino sufrió la pena capital: murió ajusticiado a garrote vil, su cadáver fue quemado y aventadas las cenizas. En realidad, y aunque para su incineración se esgrimieron razones más cercanas a la superchería que a la jurisprudencia, la verdad -como casi siempre- era más simple. «Para evitar que nadie sustrajera ninguna parte del cadáver con el pretexto de estudio y para que no quedase recuerdo alguno del regicida se dispuso en Consejo de Ministros que Martín Merino fuese quemado en una pira funeraria en el mismo cementerio junto a la fosa común y sus cenizas fueran dispersadas en ésta», explica el profesor Reverte Coma.


Los avances científicos registrados en Europa y, sobre todo en la vecina Francia, donde habían sido analizados por equipos científicos multidisciplinares los cráneos de famosos asesinos y malhechores, abrieron el debate médico en España sobre la necesidad de inspeccionar los restos del regicida.






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domingo, 1 de febrero de 2015

1 Febrero 1913 se inaugura el Teatro de la Zarzuela tras el colosal incendio de 1909

El Teatro de la Zarzuela fue inaugurado el 10 de octubre de 1856, coincidiendo su nacimiento con el cumpleaños de la reina Isabel II. Se edificó en la calle Jovellanos nº4 de Madrid. Su construcción y creación surgió de la iniciativa de la Sociedad Lírico Española, que carecía de un teatro propio para la representación de zarzuelas en la capital de España. 


Sus principales impulsores fueron maestros consagrados de la época como Francisco Asenjo Barbieri o Rafael Calleja Gómez, pero la financiación corrió a cargo del banquero Francisco de las Rivas


El arquitecto encargado de su diseño fue Jerónimo de Gándara, y su construcción fue dirigida por José María Guallart. 



El teatro tiene como modelo la Scala de Milán, en forma de herradura y con palcos a tres alturas. 


Cuando cumplía medio siglo de vida, sufrió un grave accidente que paralizó su actividad: el 9 de noviembre de 1909 fue prácticamente destruido por un colosal incendio, y no puede ser reinaugurado hasta 1913. 


A partir de los años 1950, el Teatro alcanzó gran relevancia y se convirtió en el teatro de referencia para el estreno y representación de las piezas maestras de la zarzuela. En 1956, el teatro fue adquirido por la Sociedad General de Autores de España. Posteriormente pasó a ser propiedad del Estado y, en 1984, pasó a manos del Ministerio de Cultura, que carecía de un teatro de ópera en Madrid. En 1994, fue declarado Monumento Nacional, y en 1998 fue nuevamente remodelado con el objeto de recuperar su estructura y forma original.


Es un edificio entre medianerías, al que se accede por una escalinata, cuya fachada principal se retranqueó para crear un espacio intermedio entre la calle y el teatro. 


Al comenzar las obras José Mª Guallart modificó la altura de los pisos y la fachada, aunque respetando el esquema marcado inicialmente por Jerónimo de Gándara. La planta comprende pórtico de ingreso, vestíbulo, sala con forma de herradura, escena y otras dependencias. 

Jerónimo de Gándara

El incendio de 1909 sólo dejó en pie los muros perimetrales y la fachada. La reconstrucción llevada a cabo por Cesáreo Iradier respetó la distribución interior e introdujo una nueva estructura metálica. En la reforma de 1956 se suprimieron todos los elementos decorativos del interior, se cambió la disposición de las escaleras y en la fachada se modificaron todos los arcos de medio punto que se transformaron en dinteles, excepto en la planta principal. Posteriormente se le añadió una marquesina a todo lo largo de la fachada.


Historia de la Zarzuela: