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lunes, 9 de febrero de 2015

9 febrero 1851 se realiza el primer viaje de tren entre Madrid y Aranjuez

El día 9 de febrero de 1851 amaneció frío en Madrid. Desde las ocho de la mañana de aquel día, los madrileños aguardaban pacientemente en la estación de Atocha y sus alrededores el que iba a convertirse en uno de los acontecimientos claves de la Modernidad: el primer viaje de tren entre Madrid y Aranjuez. Según las crónicas oficiales de la época, la gente no sólo se concentraba en la capital de España, sino que la escena se repetía en todas aquellas localidades que iban a ser visitadas por este primer convoy ferroviario.

Locomotora Isabel II


Fue una auténtica fiesta: coros y bandas populares amenizaban la espera a las multitudes, que se entretenían mientras tanto observando a la Familia Real (con Isabel II a la cabeza), testigos de honor de la histórica fecha. Ministros, periodistas, autoridades eclesiásticas, dirigentes militares y literatos se mezclaban con el curioso pueblo llano, deseoso de no perderse ni un detalle de cuanto estaba teniendo lugar. Todo estaba planeado al detalle: no faltó ni la pertinente bendición de los raíles y las locomotoras. Siete fueron las locomotoras elegidas para emprender este histórico viaje. En ellas, varios cientos de personas (nobles y algún que otro plebeyo), elegidas para vivir in situ la emoción del viaje. A las 12 horas y 20 minutos sonó el silbato de la máquina de vapor, anunciando que la original comitiva comenzaba su marcha.

Estación de Aranjuez

Cincuenta y cuatro minutos tardaron las locomotoras en recorrer los 50 kilómetros que separan Madrid de Aranjuez, todo un logro para una época en la que el ferrocarril era el medio de locomoción más eficaz que se conocía hasta la fecha.

Grabado tren Madrid-Aranjuez

El proyecto nació gracias al tesón del marqués de Salamanca, quien convenció a la reina Isabel II de la rentabilidad del ferrocarril, relacionado directamente con el desarrollo de las escasamente explotadas infraestructuras del país.

Aranjuez. Embarcadero

El objetivo de este primer ferrocarril madrileño era llegar al mar. Durante los primeros años, esta línea férrea transportaba a 690 personas en cada uno de sus tres viajes diarios. Pero había que tener bien presentes las diferencias de clase: de cuatro reales que costaba el pasaje en cuarta clase, se disparaba a los 20 que había que pagar por un billete de primera.

Interior de uno de los vagones

Con todo, esta novedad ferroviaria tuvo varias consecuencias. La más inmediata fue que la localidad de Aranjuez pasó a ser el camino más directo para poder llegar al sur de la Península, algo que todavía se mantiene, 150 años y muchas alternativas más después.






"La línea de ferrocarril Madrid-Aranjuez se inauguró el 9 de febrero de 1851 por el eminentísimo cardenal de la Iglesia romana, señor Bonel y Orbe. El acto solemne consistía en desfilar por delante del altar las locomotoras. Así , y una a una, recibieron todas la bendición, y la recibieron también los ferrocarriles, el camino mismo. La locomotora Isabel II iba engalanada con guirnaldas que empañaba el vapor. Parecía que el cardenal daba su bendición a un volcán en que nacían flores. La Iglesia los bendecía por uno de sus príncipes, el señor arzobispo de Toledo, eminentísimo cardenal de la Iglesia romana, señor Bonel y Orbe. En este venerable anciano, con su rostro de bondad suma, no parecía sino que nos bendecían también las generaciones que pasaron. Costumbre es esta muy plausible. En toda Europa se pide en semejantes casos que caigan sobre ese gran progreso las bendiciones del cielo, sin las cuales todo es nada. Ese y otros progresos, si bien se miran, son para la religion un regocijo. ¿Quién mas que ella ha enaltecido al hombre, y le hace y le proclama en la economía de la creacion un sér aparte y soberano? ¿Y quién, despues de esa verdad sublime, le enseña sin contradecirse otra verdad, que no lo es menos: la vanidad de su poder? Porque si es grande y noble aquel principio, grande y noble es, y de mas utilidad práctica , el de la humildad, que alcanza á donde quiera que viva el hombre, que no necesita para su demostracion ni capitales, ni niveles, ni obras hercúleas, y que produce tambien por sí esa riqueza moral que se llama resignacion y contento. Por eso la Iglesia nos socorre en la afliccion y nos acompaña en nuestras dichas. El hombre no ideará jamás un progreso verdadero sobre el cual no puedan caer las bendiciones y la consagracion católica. Y nótese que cuando otros progresos nacen, ignoramos su porvenir. De este ya le salemos. Poco há que nació y ya es un gigante. Niño aun entre nosotros, y acabando de recibir su bendicion, del primer paso unirá á Madrid con Aranjuez. Concluida la angusta ceremonia de la Iglesia, salió el convoy real para Aranjuez á las doce en punto. Para el transporte de mil convidados se habian dispuesto otros dos convoyes que salieron con el intervalo necesario. A un mismo tiempo habia sobre el ferro-carril , carruajes con senadores , carruajes con diputados, carruajes con tribunales, carruajes con clero, carruajes con ministros. Aquello era ver la "Guia en acción". Un millar de convidados iba al sitio; miles y miles se quedaban. La despedida tuvo que hacerse en escala inmensa. El convoy real partia con SS. MM. saliendo de entre la inmensa concurrencia del embarcadero, y con la emocion profunda de un momento solemne, y entre los vítores del pueblo , y el ruido de tanta máquina , no pocas señoras mas impresionables que nosotros y que saben que pueden ser adorno las lágrimas, celebraban con ellas ver á Madrid que corría en vapor como á to mar posesion del real sitio. La tranquila anexión iba á consumarse."

Texto extraído de la Revista Universal



Tren de la Fresa

El Tren de la Fresa es el nombre que recibió el segundo ferrocarril de la Península Ibérica (9 de febrero de 1851), que unía Madrid con Aranjuez, tras el de Barcelona-Mataró (1848). Se trata, sin embargo, de la tercera línea ferroviaria en España, pues el 10 de noviembre de 1837 se había inaugurado el ferrocarril entre Güines y La Habana, en Cuba (por aquel entonces todavía española).

Grabado coches Madrid-Aranjuez
El Marqués de Pontejos presentó un proyecto de camino de hierro que, bajo el patrocinio del Marqués de Salamanca, fue finalmente inaugurado por la reina Isabel II. La propia monarca cedió gustosamente terrenos de su propiedad, al oeste del Palacio Real, para la entrada del ferrocarril en Aranjuez. Para llevar a cabo la línea, se tuvieron que salvar diversos accidentes geográficos, con la construcción de sendos puentes sobre los ríos Jarama y Tajo. La importancia estratégica de la línea era elevada, pues suponía el primer paso del ferrocarril desde Madrid a Andalucía y Levante.

Coche del tren Real que la compañía M.Z.A. preparó para Isabel II, 1864

Se construyó una estación término, hoy desaparecida, frente a la fachada occidental del Palacio Real de Aranjuez, a la que se añadiría años después otra estación al sudoeste del casco antiguo de la ciudad, en la que paraban los trenes destino a Cuenca, tras la prolongación de la línea a esta ciudad en 1883. Ambas fueron sustituidas por otra estación, construida en 1923, y que actualmente sigue en uso. Hasta la creación de Renfe en 1941, dicha estación pertenecía a la Compañía de los Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante (MZA), como muestran los mosaicos decorativos existentes en su vestíbulo.

Tren de la fresa
Creado en una época en la que los trenes eran tirados por locomotoras de vapor, los vagones eran de madera y, además de transportar viajeros, permitían llevar a Madrid rápidamente los productos de la huerta ribereña (fresas y espárragos), de los que tomaría el nombre Tren de la Fresa.
Según cuenta la leyenda, este tren llegaba hasta la misma puerta de la residencia real y, según dicen, sus últimos metros eran de plata.


Actualmente, el Tren de la Fresa entre Madrid y Aranjuez ofrece durante los meses de primavera y otoño servicios los sábados, domingos y festivos. Se recrea el viaje decimonónico con una locomotora de vapor Mikado (aunque ésta es de mediados del siglo XX, de vapor pero de combustible líquido y no de carbón) y vagones de madera, con azafatas vestidas de época que sirven productos típicos de Aranjuez a los viajeros. El precio del billete incluye el viaje en tren hasta Aranjuez, visita a la ciudad, al Palacio Real y alMuseo de Falúas, con todos los desplazamientos incluidos. Es una divertida iniciativa turística ideal para el ocio familiar y para todo tipo de público, que une el viaje en tren en los históricos coches de madera con la riqueza arquitectónica, artística, paisajística, cultural y gastronómica de Aranjuez.




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lunes, 2 de febrero de 2015

2 Febrero 1852 Martín Merino intenta asesinar a Isabel II

Cuando se cumple ahora 163 años del intento de regicidio y posterior ejecución del cura Merino, los análisis históricos que se están llevando a cabo refuerzan la tesis de que el Gobierno moderado de Bravo Murillo aprovechó la coyuntura para reforzar la imagen de la reina, ya entonces bastante deteriorada. «Mi celebridad se quedará en las estamperías», aseguró Martín Merino días antes de ser ejecutado en la capital de España por regicida. Este sacerdote nacido en Arnedo y apodado el cura Merino intentó asesinar a la reina Isabel II, pero su puñalada sólo pudo herir a la hija de Fernando VII. Muchos quisieron ver en su atentado una conspiración contra la Corona, pero él siempre lo negó.


Isabel II, velada. 1855. Torreggiani, Camillo


Atentado en Atocha

El 2 de febrero de 1852 Martín Merino acudió a la madrileña iglesia de Atocha con un puñal oculto bajo el hábito talar. La reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como ‘La Chata’ y dar gracias por tan venturoso parto, pues sus dos anteriores hijos habían muerto. Fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada que bien pareciera mortal de necesidad y sólo la actuación de la comitiva real impidió que el agresor le asestara otra cuchillada. La Reina cayó de espaldas, al tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos se hacía cargo de la princesa recién nacida para protegerla. Esto le valió más tarde recibir el título de marqués del Amparo, que le fue concedido el 2 de septiembre de ese mismo año. El gesto instintivo de protegerse con el brazo y las consistentes ballenas que armaban el corsé de Isabel II, amortiguaron la puñalada y dejaron en herida leve un golpe que pudo ser más grave.

Ilustración del cura Merino intentando asesinar a Isabel II

El cura Merino fue detenido de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a muerte. En los apuntes jurídicos de su causa ya se decía que «entre los papeles que le encontraron tenía uno con el epígrafe de La Conciencia, discurso de oposición al partido Narváez, que entre otras cosas decía que la declaración de la mayoría de S. M. envolvía la burla más sangrienta contra el Estado».

Martín Merino

Se trata del libro La Conciencia, páginas escritas por el regicida Merino y publicadas por su abogado defensor, en la Imprenta de Miguel González, en 1854. El propio abogado afirmaba en el preámbulo de este opúsculo de 23 páginas que «las personas que entonces gobernaban la Nación no permitían que se hablase de Merino, su solo nombre los aterraba, así lo comprendimos, y por eso abandonamos nuestro propósito (…). Hoy las circunstancias han cambiado completamente, ya nadie se asusta de nombres». De hecho, el defensor sólo publicó la obra tras el triunfo de la Revolución en España, en 1854, conocida como la Vicalvarada y que puso fin al mandato de Narváez.

Intento de regicidio

Fue entonces cuando se supo que uno de los motivos que impulsaron a Merino a atentar contra la Reina fue el «indigno» fusilamiento de Martín Zurbano. «Los siglos venideros mirarán como una aficción mitológica la sangre de un padre regando las cenizas de sus hijos, todos bañados voluntariamente en su propia sangre para crear el trono, de cuyas órdenes hicieron los ministros viniese su exterminio: no estaba aún cometida la falta y castigada con la muerte de los hijos, cuando los mayores enemigos de la reina sacrificaron a Zurbano que pudo ser culpable, pero nunca digno del fin que tuvo poco honroso por cierto para el reinado de Isabel II».

Isabel II como condesa de Barcelona. Atribuido a Laurent y Minier, Juan. 1860


Muerte a los enemigos

En realidad, el cura Merino contra quien quería atentar era contra Narváez, pero dadas las medidas de seguridad en torno al presidente del Gobierno, volcó su ira hacia Isabel II, curiosamente más desprotegida. A Ramón María Narváez no le había temblado el pulso con sus enemigos, entre ellos el héroe de Varea. Como ejemplo, su frase más famosa: «No puedo perdonar a mis enemigos, porque los he matado a todos».


Ajusticiamiento de Martín Merino con el sistema del Garrote Vil

Mucho se habló de si Merino era, en realidad, la punta de lanza de un complot contra la monarquía, alentado por el propio duque de Montpensier, el gran conspirador. Fue «hijo de rey, cuñado de reina, padre de reina, mortífero duelista y eterno conspirador, fracasó en su empeño de sentarse en el trono de España», afirma el profesor Calvo Poyato. También se habló de una conjura masónica. Pero siglo y medio después no hay prueba alguna. «Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo», declaró Merino en el juicio.


Isabel II y “Paquita”

Desde el momento que accedió al trono, la imagen de la reina Isabel II comenzó a deteriorarse rápidamente: el pueblo había salido muy harto del reinado de su padre, Fernando VII, y de la posterior guerra civil entre isabelinos y carlistas; el matrimonio entre Isabel y su primo Francisco de Asís –al que la gente motejaba como “Paquita”- iba de escándalo en escándalo, al igual que los escarceos amorosos de la exregente María Cristina; la reina había dejado hacer de su capa un sayo a los moderados, no sólo desde un punto de vista de represión política sino, también, con una gestión que frenaba el librecambismo que imperaba en Europa.

Retrato de Isabel II por José Galofre y Coma

La oportunidad de tocar la fibra del ciudadano de a pie, manipulando la imagen de una joven madre herida nada más bautizar a su hija por un loco, no fue desaprovechada por el jefe de Gobierno, Bravo Murillo. La propaganda oficial se encargó de airear el suceso y de colocar a Isabel II como víctima, buena madre, amante esposa y excelente gobernadora. De hecho, cuando en 1854 la revolución conocida como “La Vicalvarada” derrocó el Gabinete moderado, la reina aguantó sobre su trono y no fue hasta la segundo intentona de 1868 hasta su derrocamiento definitivo.


Nacido en Arnedo

Martín Merino y Gómez había nació en Arnedo en el año 1789. De niño ingresó en la orden franciscana, hábitos que abandonó en 1808 para participar en la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Tras la contienda, retomó los hábitos y llegó a ser ordenado sacerdote. A causa de sus ideas liberales en contra del Rey Fernando VII, se ve obligado a escapar a Francia en 1819 aunque regresó un año después cuando triunfó la revuelta de Riego.

Tras la caída del Trienio Liberal y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Merino fue encarcelado, hasta que logró huir y exiliarse de nuevo en Francia. Allí permaneció durante once años como párroco de una localidad próxima a Burdeos. De regresó a España, instaló su residencia en Madrid, siendo designado capellán de la iglesia de San Sebastián. En el año 1843 ganó una importante suma de dinero en la Lotería, lo que le llevó a practicar la usura. Pero el negocio no fue bien y perdió toda su fortuna, amancebado con más de una criada vivió sus últimos años preparando la conspiración contra Narváez y que culminó con el ataque a Isabel II.



Cinco días después del atentado contra la joven monarca Isabel II, Martín Merino sufrió la pena capital: murió ajusticiado a garrote vil, su cadáver fue quemado y aventadas las cenizas. En realidad, y aunque para su incineración se esgrimieron razones más cercanas a la superchería que a la jurisprudencia, la verdad -como casi siempre- era más simple. «Para evitar que nadie sustrajera ninguna parte del cadáver con el pretexto de estudio y para que no quedase recuerdo alguno del regicida se dispuso en Consejo de Ministros que Martín Merino fuese quemado en una pira funeraria en el mismo cementerio junto a la fosa común y sus cenizas fueran dispersadas en ésta», explica el profesor Reverte Coma.


Los avances científicos registrados en Europa y, sobre todo en la vecina Francia, donde habían sido analizados por equipos científicos multidisciplinares los cráneos de famosos asesinos y malhechores, abrieron el debate médico en España sobre la necesidad de inspeccionar los restos del regicida.






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