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lunes, 2 de febrero de 2015

2 Febrero 1852 Martín Merino intenta asesinar a Isabel II

Cuando se cumple ahora 163 años del intento de regicidio y posterior ejecución del cura Merino, los análisis históricos que se están llevando a cabo refuerzan la tesis de que el Gobierno moderado de Bravo Murillo aprovechó la coyuntura para reforzar la imagen de la reina, ya entonces bastante deteriorada. «Mi celebridad se quedará en las estamperías», aseguró Martín Merino días antes de ser ejecutado en la capital de España por regicida. Este sacerdote nacido en Arnedo y apodado el cura Merino intentó asesinar a la reina Isabel II, pero su puñalada sólo pudo herir a la hija de Fernando VII. Muchos quisieron ver en su atentado una conspiración contra la Corona, pero él siempre lo negó.


Isabel II, velada. 1855. Torreggiani, Camillo


Atentado en Atocha

El 2 de febrero de 1852 Martín Merino acudió a la madrileña iglesia de Atocha con un puñal oculto bajo el hábito talar. La reina Isabel II acudía a misa por primera vez tras alumbrar a su la infanta Isabel de Borbón, conocida popularmente como ‘La Chata’ y dar gracias por tan venturoso parto, pues sus dos anteriores hijos habían muerto. Fue al salir del oficio cuando Merino, uno más de los sacerdotes que pululaban por el lugar, se inclinó ante ella como si fuera a entregarle algún documento. Por sorpresa, el cura lanzó a la reina una puñalada que bien pareciera mortal de necesidad y sólo la actuación de la comitiva real impidió que el agresor le asestara otra cuchillada. La Reina cayó de espaldas, al tiempo que el coronel de alabarderos Manuel de Mencos se hacía cargo de la princesa recién nacida para protegerla. Esto le valió más tarde recibir el título de marqués del Amparo, que le fue concedido el 2 de septiembre de ese mismo año. El gesto instintivo de protegerse con el brazo y las consistentes ballenas que armaban el corsé de Isabel II, amortiguaron la puñalada y dejaron en herida leve un golpe que pudo ser más grave.

Ilustración del cura Merino intentando asesinar a Isabel II

El cura Merino fue detenido de inmediato, juzgado de forma sumaria y condenado a muerte. En los apuntes jurídicos de su causa ya se decía que «entre los papeles que le encontraron tenía uno con el epígrafe de La Conciencia, discurso de oposición al partido Narváez, que entre otras cosas decía que la declaración de la mayoría de S. M. envolvía la burla más sangrienta contra el Estado».

Martín Merino

Se trata del libro La Conciencia, páginas escritas por el regicida Merino y publicadas por su abogado defensor, en la Imprenta de Miguel González, en 1854. El propio abogado afirmaba en el preámbulo de este opúsculo de 23 páginas que «las personas que entonces gobernaban la Nación no permitían que se hablase de Merino, su solo nombre los aterraba, así lo comprendimos, y por eso abandonamos nuestro propósito (…). Hoy las circunstancias han cambiado completamente, ya nadie se asusta de nombres». De hecho, el defensor sólo publicó la obra tras el triunfo de la Revolución en España, en 1854, conocida como la Vicalvarada y que puso fin al mandato de Narváez.

Intento de regicidio

Fue entonces cuando se supo que uno de los motivos que impulsaron a Merino a atentar contra la Reina fue el «indigno» fusilamiento de Martín Zurbano. «Los siglos venideros mirarán como una aficción mitológica la sangre de un padre regando las cenizas de sus hijos, todos bañados voluntariamente en su propia sangre para crear el trono, de cuyas órdenes hicieron los ministros viniese su exterminio: no estaba aún cometida la falta y castigada con la muerte de los hijos, cuando los mayores enemigos de la reina sacrificaron a Zurbano que pudo ser culpable, pero nunca digno del fin que tuvo poco honroso por cierto para el reinado de Isabel II».

Isabel II como condesa de Barcelona. Atribuido a Laurent y Minier, Juan. 1860


Muerte a los enemigos

En realidad, el cura Merino contra quien quería atentar era contra Narváez, pero dadas las medidas de seguridad en torno al presidente del Gobierno, volcó su ira hacia Isabel II, curiosamente más desprotegida. A Ramón María Narváez no le había temblado el pulso con sus enemigos, entre ellos el héroe de Varea. Como ejemplo, su frase más famosa: «No puedo perdonar a mis enemigos, porque los he matado a todos».


Ajusticiamiento de Martín Merino con el sistema del Garrote Vil

Mucho se habló de si Merino era, en realidad, la punta de lanza de un complot contra la monarquía, alentado por el propio duque de Montpensier, el gran conspirador. Fue «hijo de rey, cuñado de reina, padre de reina, mortífero duelista y eterno conspirador, fracasó en su empeño de sentarse en el trono de España», afirma el profesor Calvo Poyato. También se habló de una conjura masónica. Pero siglo y medio después no hay prueba alguna. «Señores, voy a decir la verdad como la he dicho toda mi vida. No voy a decir nada ofensivo contra la Reina. El acto que he preparado es un acto exclusivamente de mi voluntad y no tengo cómplices, y sépase que ninguna conspiración ha tenido connivencia ni conexión conmigo», declaró Merino en el juicio.


Isabel II y “Paquita”

Desde el momento que accedió al trono, la imagen de la reina Isabel II comenzó a deteriorarse rápidamente: el pueblo había salido muy harto del reinado de su padre, Fernando VII, y de la posterior guerra civil entre isabelinos y carlistas; el matrimonio entre Isabel y su primo Francisco de Asís –al que la gente motejaba como “Paquita”- iba de escándalo en escándalo, al igual que los escarceos amorosos de la exregente María Cristina; la reina había dejado hacer de su capa un sayo a los moderados, no sólo desde un punto de vista de represión política sino, también, con una gestión que frenaba el librecambismo que imperaba en Europa.

Retrato de Isabel II por José Galofre y Coma

La oportunidad de tocar la fibra del ciudadano de a pie, manipulando la imagen de una joven madre herida nada más bautizar a su hija por un loco, no fue desaprovechada por el jefe de Gobierno, Bravo Murillo. La propaganda oficial se encargó de airear el suceso y de colocar a Isabel II como víctima, buena madre, amante esposa y excelente gobernadora. De hecho, cuando en 1854 la revolución conocida como “La Vicalvarada” derrocó el Gabinete moderado, la reina aguantó sobre su trono y no fue hasta la segundo intentona de 1868 hasta su derrocamiento definitivo.


Nacido en Arnedo

Martín Merino y Gómez había nació en Arnedo en el año 1789. De niño ingresó en la orden franciscana, hábitos que abandonó en 1808 para participar en la Guerra de la Independencia contra la invasión de las tropas de Napoleón Bonaparte. Tras la contienda, retomó los hábitos y llegó a ser ordenado sacerdote. A causa de sus ideas liberales en contra del Rey Fernando VII, se ve obligado a escapar a Francia en 1819 aunque regresó un año después cuando triunfó la revuelta de Riego.

Tras la caída del Trienio Liberal y la llegada de los Cien Mil Hijos de San Luis, Merino fue encarcelado, hasta que logró huir y exiliarse de nuevo en Francia. Allí permaneció durante once años como párroco de una localidad próxima a Burdeos. De regresó a España, instaló su residencia en Madrid, siendo designado capellán de la iglesia de San Sebastián. En el año 1843 ganó una importante suma de dinero en la Lotería, lo que le llevó a practicar la usura. Pero el negocio no fue bien y perdió toda su fortuna, amancebado con más de una criada vivió sus últimos años preparando la conspiración contra Narváez y que culminó con el ataque a Isabel II.



Cinco días después del atentado contra la joven monarca Isabel II, Martín Merino sufrió la pena capital: murió ajusticiado a garrote vil, su cadáver fue quemado y aventadas las cenizas. En realidad, y aunque para su incineración se esgrimieron razones más cercanas a la superchería que a la jurisprudencia, la verdad -como casi siempre- era más simple. «Para evitar que nadie sustrajera ninguna parte del cadáver con el pretexto de estudio y para que no quedase recuerdo alguno del regicida se dispuso en Consejo de Ministros que Martín Merino fuese quemado en una pira funeraria en el mismo cementerio junto a la fosa común y sus cenizas fueran dispersadas en ésta», explica el profesor Reverte Coma.


Los avances científicos registrados en Europa y, sobre todo en la vecina Francia, donde habían sido analizados por equipos científicos multidisciplinares los cráneos de famosos asesinos y malhechores, abrieron el debate médico en España sobre la necesidad de inspeccionar los restos del regicida.






Para saber más...


domingo, 21 de diciembre de 2014

21 Diciembre 1852 se subasta el edificio del Teatro de la Cruz

Detalle del trampantojo de Ángel Aragonés donde antes se alzaba el Teatro de la Cruz

El Teatro de la Cruz fue un antiguo corral de comedias de Madrid, uno de los más populares de la ciudad junto con el de la Pacheca y el nuevo corral del Príncipe. Fue escenario para autores como Lope de Vega, Luis Vélez de Guevara, Juan Ruiz de Alarcón, Tirso de Molina y Calderón de la Barca. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII el viejo corral quedó reformado como moderno teatro a la italiana, estrenando en él sus piezas más populares dramaturgos como Leandro Fernández Moratín y José Zorrilla.

El Corral de la Cruz en el Plano de Teixeira de 1656

En 1579, las cofradías de la Pasión y de la Soledad compraron un corral grande, situado en la calle de la Cruz, junto a la plazuela del Ángel. El que llegaría a ser Teatro de la Cruz, fue inaugurado el 16 de septiembre de 1584, casi al mismo tiempo que el nuevo corral del Príncipe. En él se dieron cita nobles y reyes con sus admiradas pupilas, y pusieron en escena sus piezas más populares e inmortales los dramaturgos del Siglo de Oro español, entre los más conocidos cabe citar a Pedro Calderón de la Barca, Antonio Hurtado de Mendoza, Agustín Moreto, Juan Pérez de Montalbán, Francisco de Quevedo, Francisco de Rojas Zorrilla, Juan Ruiz de Alarcón,Tirso de Molina, Lope de Vega y Luis Vélez de Guevara.

Estampa del Teatro de la Cruz, representando una escena del drama El peluquero del emperador.
Publicada en la 
La Ilustración, el 10 de diciembre de 1853.

En el siglo XVIII su mal estado de conservación obligó al ayuntamiento a reformarlo, transformándolo en un teatro moderno con capacidad para 1500 espectadores. Estas obras fueron encomendadas al arquitecto Pedro de Ribera, y fueron acometidas alrededor del año 1743. Durante el siglo XIX la arquitectura de Ribera cayó en desgracia y el Teatro de la Cruz, por Real Orden de 1849, fue declarado “oprobio del arte” y ordenada su demolición; medida que tardaría en aplicarse, lo que permitió que abriese sus puertas en el año 1850. De nuevo clausurado entre 1852 y 1857, fue derruido en 1859. De su larga tradición teatral da noticia una pequeña placa conmemorativa situada en el cruce de las calles Espoz y Mina y Cruz.


En el segundo libro de los Episodios Nacionales, La Corte de Carlos IV, Benito Pérez Galdós, novelista y dramaturgo, describió así el Teatro de la Cruz:
Este hijo de Apolo nos condujo en imponente procesión a la cazuela de la Cruz, donde debíamos manifestar con estudiadas señales de desagrado los errores de la escuela clásica. Mucho trabajo nos costó entrar en el coliseo, pues aquella tarde la concurrencia era extraordinaria; pero al fin, gracias a que habíamos acudido temprano, ocupamos los mejores asientos de la región paradisíaca, donde se concertaban todos los discordes ruidos de la pasión literaria, y todos los malos olores de un público que no brillaba por su cultura.
Ustedes creerán que el aspecto interior de los teatros de aquel tiempo se parece algo al de nuestros modernos coliseos. ¡Qué error tan grande! En el elevado recinto donde el poeta había fijado los reales de su tumultuoso batallón, existía un compartimiento que separaba los dos sexos, y de seguro el sabio legislador que tal cosa ordenó en los pasados siglos se frotaría con satisfacción las manos y daríase un golpe en la augusta frente, creyendo adelantar gran paso en la senda de la armonía entre hombres y mujeres. Por el contrario, la separación avivaba en hembras y varones el natural anhelo de entablar conversación, y lo que la proximidad hubiera permitido en voz baja, la pérfida distancia lo autorizaba en destempladas voces. Así es que entre uno y otro hemisferio se cruzaban palabras cariñosas, o burlonas o soeces, observaciones que hacían desternillar de risa a todo el ilustre concurso, preguntas que se contestaban con juramentos, y agudezas cuya malicia consistía en ser dichas a gritos. Frecuentemente de las palabras se pasaba a las obras, y algunas andanadas de castañas, avellanas, o cáscaras de naranjas, cruzaban de polo a polo, arrojadas por diestra mano, ejercicio que si interrumpía la función, en cambio regocijaba mucho a entrambas partes.
(...)
Mirando el teatro desde arriba parecía el más triste recinto que puede suponerse. Las macilentas luces de aceite que encendía un mozo saltando de banco en banco apenas le iluminaban a medias, y tan débilmente, que ni con anteojos se descubrían bien las descoloridas figuras del ahumado techo, donde hacía cabriolas un señor Apolo con lira y borceguíes encarnados. Era de ver la operación de encender la lámpara central, que, una vez consumada tan delicada maniobra, subía lentamente por máquina, entre las exclamaciones de la gente de arriba, que no dejaba pasar tan buena ocasión de manifestarse de un modo ruidoso.
Abajo también había compartimiento, y consistía en una fuerte viga, llamada degolladero, que separaba las lunetas, del patio propiamente dicho. Los palcos o aposentos eran unos cuchitriles estrechos y oscuros donde se acomodaban como podían las personas de pro; y como era costumbre que las damas colgasen en los antepechos sus chales y abrigos, el conjunto de las galerías tenía un aspecto tal, que parecía decoración hecha ex profeso para representar las calles de Postas o de Mesón de Paños.

El reglamento de teatros, publicado en 1803, tendía a corregir muchos de estos abusos; pero como nadie se cuidaba de hacerlo cumplir, sólo la costumbre y el progreso de la cultura reformó hábitos tan feos. Recuerdo que hasta mucho después de la época a que me refiero, las gentes conservaban el sombrero puesto, aunque el reglamento decía terminantemente en uno de sus artículos: «En los aposentos de todos los pisos, y sin excepción de alguno, no se permitirá sombrero puesto, gorro, ni red al pelo; pero sí capa o capote para su comodidad.
La Corte de Carlos IV, Benito Pérez Galdós »


Alcalá Galiano, en Recuerdos de un anciano, evocaba así el Teatro de la Cruz:
“El espacioso patio del teatro de la Cruz, cuando estaba lleno, causaba a la vista y al oído un efecto por demás desagradable, viéndose en él lo llamado con propiedad oleadas, porque imitaba la gente empujándose el movimiento del mar, y aún podía mirarse como remedo de sus bramidos la gritería, que era consecuencia del atropellarse y estrujarse los concurrentes, en un lugar así de diversión como de tormento. Los pocos asientos que había entre el patio y las tablas, así como los más numerosos del teatro del Príncipe, eran estrechos, duros, con forros de mala badana, casi siempre con desgarrones y nunca limpia. Alumbraban los teatros una araña que ya en 1806 era de quinqués, y en los días de iluminación, además, velas puestas en candeleros que, formando brazos, salían de los palcos”.


En el teatro de la Cruz se estrenaron obras de Leandro Fernández de Moratín como El barón (1803), La mojigata (1804) o la más conocida El sí de las niñas (1806). Entre 1840 y 1845 se hizo cargo del teatro el empresario Juan Lombía, quien contrató en exclusiva a José Zorrilla, que en esos cinco años estrenó allí veintidós dramas, entre ellos la segunda parte de El zapatero y el rey, El puñal del godo y el famoso Tenorio (1844).


En su último periodo pisaron sus tablas grandes actores como Rita Luna, Juan Carretero, Carlos Latorre, Manuela Carmona y Agustina Torres.

¿Me engañan los ojos o el deseo?, donde existió un teatro ahora es sólo calle. o ¿la calle todo ahora es un teatro?. ¿Me engañan los ojos o el deseo?

miércoles, 24 de septiembre de 2014

24 de Septiembre de 1852 moría el héroe de Bailén, el general madrileño Francisco Javier Castaños

Francisco Javier Castaños Aragorri Urioste y Olavide, duque de Bailén (Madrid, 22 de abril de 1758 – Madrid, 24 de septiembre de 1852), fue un militar y político español que sobresalió durante las Guerras Revolucionarias Francesas y la Guerra de la Independencia Española. Fue presidente del Consejo de Regencia entre el 1 de febrero de 1810 y el 29 de mayo de 1810 en la España libre de los franceses.


Nacido en Madrid, era de origen vasco, hijo de María Concepción Aragorri Olavide y de su segundo marido, Juan Felipe Castaños Urioste, los dos pertenecientes a distinguidas familias. María Concepción de Aragorri había nacido en la localidad vascofrancesa de Ainhoa, dentro de una familia de comerciantes que pronto se trasladaría a San Sebastián. Su hermano Simón llegó a convertirse en un poderoso banquero y a ser ministro de hacienda con Carlos III, siendo nombrado primer marqués de Iranda en 1769. Muerto su primer marido, Manuel de las Casas y de la Cuadra, natural de Sopuerta (Vizcaya) e intendente de la marina guipuzcoana, María de Aragorri volvió a casarse en segundas nupcias con el así mismo vizcaíno Juan Felipe Castaños y Urioste, nacido en Portugalete, sobrino de Felipe de Urioste, comisario ordenador de Marina y juez de Indias en Guipúzcoa, y él mismo ordenador de los reales ejércitos y embajador extraordinario enviado por Felipe V al ducado de Parma.
Francisco Javier Castaños tuvo una hermana, María Concepción, que se casó con Francisco Luis Héctor de Carondelet, el cual fue gobernador de Luisiana y Florida y presidente de la Real Audiencia de Quito.
Así mismo tuvo varios hermanastros, hijos del primer matrimonio de su madre: Luis de las Casas y Aragorri, gobernador de Cuba y capitán general de Cádiz; su hermano Simón, embajador en Londres; Rosa María, casada con Alejandro O'Reilly (el militar de más prestigio en su época); Engracia, unida a Pedro Gómez Iríbar-Navarra, oidor de la Real Audiencia de Cataluña y por último, Isabel, desposada con Jerónimo Girón y Moctezuma, marqués de las Amarillas, gobernador de Barcelona y virrey de Navarra. Por tanto, el hijo de ambos, el general Pedro Agustín Girón Las Casas, sería sobrino de Castaños y lucharía junto a él en la Guerra de la Independencia. Girón, a su vez, enlazó con la hija del político y militar José Manuel de Ezpeleta, siendo su hijo Francisco Javier Girón Ezpeleta, fundador de la Guardia Civil.

General Castaños retratado cerca de 1848 por Vicente López Portaña

A los 10 años de edad, Castaños recibió el grado de capitán de infantería, que el rey Carlos III le concedía en atención a los méritos de su padre. Pasó a estudiar, como oficial de corta edad, al Seminario de Nobles, formación que completaría después en la Academia de Barcelona.
A los 16 años es destinado al Regimiento "Saboya", en Cádiz, comenzando así su larga vida militar. A los 24 años asciende a sargento mayor (comandante), a los 26 a teniente coronel y a los 31 a coronel graduado.
Al ascender a coronel, le fue confiado el mando del regimiento "África", con el que en 1793 prestó sus servicios durante la llamada Guerra de la Convención que el rey Carlos IV declaró a la Francia republicana, luchando en los Pirineos Occidentales bajo las órdenes del general Ventura Caro, jefe del ejército de Navarra. En 1794 fue ascendido a brigadier, siendo poco después herido gravemente en la cabeza en la defensa de San Marcial (Guipúzcoa). Restablecido, fue nombrado mariscal de campo en 1795. En 1802 fue ascendido ateniente general por la defensa del puerto del Ferrol contra los ingleses (lo que le valió, por cierto, ser nombrado alcalde honorario de Portugalete). Así mismo, fue nombrado para el mando de la comandancia del Campo de Gibraltar, cuya sede traslada desde San Roque hasta Algeciras.

Busto del General en Algeciras

En 1808, comenzada la Guerra de la Independencia, recibe de la Junta Suprema de Sevilla, presidida por Francisco Saavedra, el encargo de formar un ejército en Andalucía, siendo nombrado capitán general. Tras la victoria de la Batalla de Bailén e instaurada la Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino, es designado para el mando del ejército del Centro.
El 23 de noviembre de 1808 participó en la Batalla de Tudela, que perdió a causa de falta de medios y no ser capitán general (otros generales le discutían las órdenes, Palafox, por ejemplo). Tras el desastre de la Batalla de Somosierra, se produjo un motín donde murió asesinado 7 de enero de 1809 el general Benito de San Juan, del que milagrosamente escapó Castaños.
Entre el 1 de febrero de 1810 y el 29 de mayo de 1810 fue presidente del Consejo de Regencia de España e Indias.
Entre septiembre y octubre de 1812, comandando el VI Ejército español y con cuartel general en Quintanilla Vivar, tomó parte en el asedio de Burgos bajo el mando del duque de Wellington.
El 12 de agosto de 1813 fue sustituido por la Regencia del mando del IV Ejército español o Ejército de Galicia, siendo relevado por el general Manuel Freire.
En el reinado de Fernando VII, se mantuvo fiel a la causa absolutista, lo que le valió la confianza del monarca y la designación para algunos cargos; participó como Capitán General de Cataluña en ese momento en la incoación y revisión de expedientes penales que desembocaron en la ejecución, en 1817, del teniente general Luis Lacy y Gautier, liberal constitucionalista sublevado y anteriormente más bien breve Capitán General de Cataluña también, junto al fugado Francisco Milans del Bosch (San Vicente de Montalt, 1769 – ibíd., 1834).
Fue elegido en 1825 para presidir la Real Junta Consultiva de Gobierno, órgano encargado de proponer diversas mejoras administrativas.
Fue nombrado presidente del Consejo de Estado y las Cortes que aclamaron a Isabel como princesa de Asturias, luego Isabel II. El 12 de julio de 1833, se le otorgó el título de duque de Bailén. Más tarde, presidió el Consejo de Regencia durante la minoría de Isabel II y, finalmente, fue tutor de la Reina en 1844.
Después de recibir en su dilatada vida los más altos honores, títulos y nombramientos del Reino, fallece en Madrid el 24 de septiembre de 1852, a los 96 años de edad, y en la más absoluta penuria económica. Al no haber contraído matrimonio, el título de duque de Bailén recayó en el hijo de su hermana María Concepción, Luis Carondelet Castaños, y posteriormente en el hijo de éste, Eduardo de Carondelet y Donado, quien a su vez era desde 1851 primer marqués de Portugalete.
Estuvo enterrado en el Panteón de Hombres Ilustres de Madrid hasta 1963, año en el que sus restos mortales son trasladados solemnemente a Bailén y depositados en la Iglesia Parroquial de la Encarnación con su mausoleo original. El general Castaños descansa en esta ciudad junto a la Virgen de Zocueca, patrona de Bailén, de la que era muy devoto y a la que donó sus condecoraciones militares en 1823.